Acerca de mí

- Nombre: Mario Vidal
- Ubicación: La Plata, pcia. de Buenos Aires, Argentina
Links
Archives
Breves relatos de un viaje que hice por América Latina a dedo durante todo 1971, escritos más de 30 años después.
10.1.08
Chile - Cuzco - Lima - (1971)
LP 24 de diciembre de 2007
Hola Alfredo. Han pasado unos 1000 años o tal vez unos pocos 38 desde la última vez que nos vimos allá por las montañas peruanas. Soy MARIO VIDAL, aquel flaco de barba que junto a Valín Cerimedo, José Luis Gagna, vos y algunos otros, tratábamos de conocer la América india viajando a dedo.
Hola Alfredo. Han pasado unos 1000 años o tal vez unos pocos 38 desde la última vez que nos vimos allá por las montañas peruanas. Soy MARIO VIDAL, aquel flaco de barba que junto a Valín Cerimedo, José Luis Gagna, vos y algunos otros, tratábamos de conocer la América india viajando a dedo.
Es este un primer mail para establecer contacto de manera que por ahora no me voy a extender. Me dio tu dirección e-mail Ruth Schenkel, con quien suelo hablar por teléfono, mucho más ahora que anda severamente complicada de salud. Te paso mis datos para que te contactes y podamos seguir hablando. Mario
/////////////////////////////////////
alfredo jaime <> escribió:
Fecha: Thu, 27 Dec 2007 09:28:44 +0000 (GMT)
De: alfredo jaime <>
Asunto: vaya....vaya
A: glostora47@yahoo.com.ar
Querido Mario, aún no salgo de mi sorpresa, quiero decirte tantas cosas que será imposible hasta que no me recupere.
Me parece mentira que después de algún par de años, como tu dices, podamos contarnos alguna que otra cosa; a pesar del tiempo transcurrido te recuerdo perfectamente, recuerdo el timbre de tu voz, tu dirección en Buenos Aires, que si la memoria no me falla y el alzheimer me lo permite era calle monte 81, Wilde, Avellaneda. recuerdo tu casa, tu hermana Susana de quien perdí la pista en Italia, recuerdo a Balin y a Gagna, los recuerdo como los que por mucho tiempo ocuparon un sitio en mis lugares de tertulia ya que salían las anecdotas a borbotones y los daba a conocer a mis otros amigos, en fin que solo quiero que sepas que nunca me olvidé de tí, y que me alegra muchísimo que vuelvas a mi presente.
Un besote muy grande para tu familia y espero que todo nos vaya bien, a tí y a los tuyos, a mí y los mios.
Luego te escribiré contándote un par de cositas...espero que nos veamos pronto...dentro de los proyectos está, que, con Pilar mi esposa, vayamos a Argentina en Mayo, hemos de hacer unas gestiones en Córdoba.
Te habrá contado Ruth que fuimos a verla a su casa fué un viaje muy bonito y de ella, como siempre, aprendí un montón de cosas.
Bueno muchachote que tengas un muy buen año en compañía de la familia.
Recibí las fotos son hermosas y estáis muy guapos.
Un besote para todos. Alfredo
//////////////////////////////////////
/////////////////////////////////////
alfredo jaime <> escribió:
Fecha: Thu, 27 Dec 2007 09:28:44 +0000 (GMT)
De: alfredo jaime <>
Asunto: vaya....vaya
A: glostora47@yahoo.com.ar
Querido Mario, aún no salgo de mi sorpresa, quiero decirte tantas cosas que será imposible hasta que no me recupere.
Me parece mentira que después de algún par de años, como tu dices, podamos contarnos alguna que otra cosa; a pesar del tiempo transcurrido te recuerdo perfectamente, recuerdo el timbre de tu voz, tu dirección en Buenos Aires, que si la memoria no me falla y el alzheimer me lo permite era calle monte 81, Wilde, Avellaneda. recuerdo tu casa, tu hermana Susana de quien perdí la pista en Italia, recuerdo a Balin y a Gagna, los recuerdo como los que por mucho tiempo ocuparon un sitio en mis lugares de tertulia ya que salían las anecdotas a borbotones y los daba a conocer a mis otros amigos, en fin que solo quiero que sepas que nunca me olvidé de tí, y que me alegra muchísimo que vuelvas a mi presente.
Un besote muy grande para tu familia y espero que todo nos vaya bien, a tí y a los tuyos, a mí y los mios.
Luego te escribiré contándote un par de cositas...espero que nos veamos pronto...dentro de los proyectos está, que, con Pilar mi esposa, vayamos a Argentina en Mayo, hemos de hacer unas gestiones en Córdoba.
Te habrá contado Ruth que fuimos a verla a su casa fué un viaje muy bonito y de ella, como siempre, aprendí un montón de cosas.
Bueno muchachote que tengas un muy buen año en compañía de la familia.
Recibí las fotos son hermosas y estáis muy guapos.
Un besote para todos. Alfredo
//////////////////////////////////////
La Plata - 30 de diciembre de 2007
Esa! es la que quería! ... JA! ... dar con vos querido y nunca olvidado Alfredo Jaime !!! Gracias a Ruth hemos podido reencontrarnos luego de tantos años -exáctamente 36: desde 1971- y agradezco a la vida el haber podido hacerlo. Esto me pone requetecontento.
Algo iba sabiendo de vos cada tanto, cada tantos largos años, por via de Ruth cuando la llamo, que ahora lo hago más seguido pero en otras épocas era para el 13 de abril -día de su cumpleaños- o para fines de años.
Te he buscado en Internet, tanto a vos como a José Luis Gagna, pero sin lograr nada. Cada tanto recuerdo aquel célebre año cuando recorrimos América Latina juntos y repaso con la memoria las peripecias habidas, con tanta nostalgia como gusto por hacerlo.
Iba desde Buenos Aires rumbo a Mendoza cuando un camión me dejó un día en la afueras de la ciudad de Córdoba, en una garita para esperar colectivos; por ahí nomás había una fábrica de cemento de nombre Minetti. Ahí me encontré con dos mochileros cordobeses; uno que me llamó la atención, de camisa blanca y corbata -ese era José Luis !!!- y el otro uno alto de vaquero y remera blancos, todo de blanco; y ese eras vos Alfredo !!!
De ahí en más seguimos todos juntos, pasamos por Mendoza, nos encontramos con dos brasileros (uno se llamaba Juracy, con acento en la y, nombre que significaba "florecilla de los campos" en portugués), paramos una noche en Las Cuevas cagados de frio, en un hotel abandonado que se había quemado; cruzamos Los Andes, bajamos del otro lado y fuimos a Santiago, nos quedamos unos 10 días ahí parando en la Federación de Estudiantes Univ. Chilenos (Recuerdo a Gagna tocando el piano en un sitio muy bonito que era de la embajada argentina) y luego empezamos a remontar el Chile de Salvador Allende hacia el norte pasando por Valparaíso, La Serena, Copiapó, Antofagasta y etc. hasta Iquique y Arica. Creo que el viaje cruzando el inacabable desierto de Atacama (unos 2000 kmts. aprox.) lo hice con vos Alfredo, en un camión/colectivo de transporte de mercaderías.
También se me viene a la cabeza el parate que tuvimos en Copiapó donde estuvimos varados un par de días porque no nos levantaba nadie. Gagna tiraba dedo con camisa y corbata, JA! yo me descostillaba de la risa al verlo así vestido. De a poco me fui enterando que era un muchacho muy culto, sabedor de idiomas, que había trabajado en la OIT en Ginebra un par de años, concertista de piano y una pila de cosas más; formal y cultísimo él.
Ya en Perú iba con vos caminando las calles de Arequipa y me encontré sorpresivamente con Balín (Osvaldo Cerimedo), un compañero mio de estudios en La Plata, que se unió al grupo. De Arequipa conservo una anécdota graciosa: en un momento vos me decís en perfecta tonada cordobesa "Te has fijao che porteño que aquí todas las calles se llaman igual... Oneeee Waaaaay".
Después nos fuimos en bus a Juliaca; esa noche de tanto frio y lluvia dormimos en el hospital, en camas gentilmente cedidas por el director, y más luego, al día siguiente y en tren llegamos a Cuzco. Conocimos la ciudad y también la conocimos a Ruth, que andaba haciendo turismo.
En Cuzco nos pasaron varias cosas. Ya no recuerdo dónde parábamos aunque sí todas las maravillas que pudimos ver y conocer, desde Sacsahuamán a la Plaza de Armas, desde la piedra de los 12 ángulos a las fastuosas iglesias de franciscanos, domínicos y jesuítas; la célebre custodia plagada de joyas y todas las obras de arte tanto incaicas en piedra como coloniales españolas en orfebrería de madera, oro y plata. También nos pasó algo que voy a contar aquí. Debido a la falta de metal nos manejábamos con sumo cuidado en cuanto a los gastos; digamos que estábamos imbuidos de una cierta mística rateril que nos caracterizaba. Por ese motivo siempre buscábamos lo más barato para pernoctar y comer.
En Cuzco -y en otras ciudades- solíamos ir a comer al mercado público, a esos puestitos de mala muerte donde por monedas te daban un plato de sopa o unas papas o choclos. Un día estábamos almorzando en la barra de uno de esos puestitos y vimos que el tipo que estaba sentado al lado pedía una sopa y le agregaba una pizquita de unos morrones que había puestos en la barra en un platito. Copiando pedimos una sopa, y también copiando vos Alfredo tomaste medio -no una pizquita sino medio- de esos morroncitos, lo metiste en la sopa, revolviste y a la primera cucharada te mandaste el morrón para adentro. Lo que yo recuerdo -yo, que estaba al lado tuyo con mi sopa- fue que te levantaste de repente, que querías hablar o gritar y no podías, que tenías la boca abierta, que agitabas los brazos como queriendo decir algo, que comenzaste a transpirar copiosamente y que saliste corriendo. Salí corriendo atrás tuyo sin poderte alcanzar hasta que frenaste, mismo dentro del mercado, donde un tipo que vendía Coca Cola o unos refrescos parecidos; prácticamente le arrebataste una gaseosa de la mano y te la mandaste hasta el final de un sólo trago. Cuando pudiste empezar a hablar me di cuenta que había sido el morrón, ese terrible y poderoso morroncito chille peruano del cual ese tipo ya curtido y acostumbrado había puesto en su sopa solamente una pizquita.
Tren a Machu Pichu. En el viaje conocimos a unos peruanitos, dos hermanos, cuyo padre -Salomón Schneider- fabricaba mermeladas en Lima, un hombre que luego nos iba a dar trabajo. Bajamos antes de llegar a Cuzco, en la represa hidroeléctrica. Cruzamos el rio Vilcanota (Vilcanota o Urubamba), que corría caudaloso y arrastraba árboles y piedras grandes como autos, por un puente de soga colgante incaico que daba miedo. Ya del otro lado empezamos a subir la montaña, todo el trayecto bajo lluvia torrencial, calados hasta los huesos.
Seguíamos las indicaciones de un plano casero que llevaba uno de los peruanos. Subiendo por ese caminito cortado a pique sobre la ladera de la escarpada montaña bordeando el precipicio pronto llegó la niebla; más luego se disipó y resultó que habíamos atravesado las nubes hasta pasar del otro lado hacia arriba.
Nunca paró de llover torrencialmente. En un momento el camino inca se bifurcaba; el plano decía que había que tomar hacia la izquierda. Luego de unas tres horas de marcha hicimos la entrada triunfal a Winay Huaina, ruinas que en esa época, en ese año de 1971, estaban intactas, no habían sido tocadas ni "trabajadas" para el turismo. El único vestigio humano moderno era un destartalado cobertizo de madera y techo de paja que alguien había levantado contra una rincón de paredes incaicas en forma de letra L.
Seguíamos las indicaciones de un plano casero que llevaba uno de los peruanos. Subiendo por ese caminito cortado a pique sobre la ladera de la escarpada montaña bordeando el precipicio pronto llegó la niebla; más luego se disipó y resultó que habíamos atravesado las nubes hasta pasar del otro lado hacia arriba.
Nunca paró de llover torrencialmente. En un momento el camino inca se bifurcaba; el plano decía que había que tomar hacia la izquierda. Luego de unas tres horas de marcha hicimos la entrada triunfal a Winay Huaina, ruinas que en esa época, en ese año de 1971, estaban intactas, no habían sido tocadas ni "trabajadas" para el turismo. El único vestigio humano moderno era un destartalado cobertizo de madera y techo de paja que alguien había levantado contra una rincón de paredes incaicas en forma de letra L.
Ahí pasamos al noche, a cubierto de la lluvia, apretujándonos unos a otros para poder combatir el intenso frio, tapándonos con lo poco que llevábamos puesto y alguna manta que alguien sacó de su mochila. Eramos unos 12: Alfredo Jaime y José Luis Gagna de Córdoba, dos peruanos de Lima -Efraín Schneider y su hermano, otro -uno algo gordito y de anteojos- de El Callao, una pareja de suecos y/o de norteamericanos que también conocimos en el tren y se acoplaron a nosotros, Ruth Schenkel, yo y... y ya no me acuerdo más.
Esa noche y antes de ir a dormir paró un poco de llover y "salimos afuera", nos sentamos en unas piedras, se hizo un silencio grupal espontáneo y nos quedamos todos contemplando la luz de la luna bañando esas misteriosas ruinas enclavadas en lo alto de los Andes peruanos, a algunos kilómetros de Machu Pichu. Recuerdo ese momento como si lo estuviera viviendo ahora Alfredo... nadie hablaba, era de noche, la luna clareaba ambas terrazas con la escalerita de unos cien metros que las comunicaba. El único ruido era el de una caída de agua que estaba cerca y que luego de cientos de años seguía llenando unos piletones de piedra cavada vertiendo el agua en uno y en otro y en otro, así hasta la ciudadela de más abajo. Parecía que en cualquier momento se fueran a levantar los incas a preguntarnos qué estábamos haciendo ahí... Yo me sentía un extranjero, casi un profanador, ladrón en la noche, un usurpador de poca categoría.
Al día siguiente temprano salí a recorrer ambas ciudadelas y vi que la de más abajo terminaba en una pieza (ya sin techo) en ángulo agudo con una ventana que daba hacia el precipicio. Desde ahí se podía contemplar el valle del Urubamba a vuelo de avión o mejor dicho de cóndor; allá abajo y muy a lo lejos corría aquel embravecido y tumultuoso rio: yo lo veía chiquito, muy chiquito, tal como desde ese mismo lugar lo habían contemplado los incas 500 años antes.
Ahí mismo vi que una pared se había caído parcialmente y una piedra que al caer había roto su punta; esa punta, del tamaño de la palma de una mano, había quedado ahí tirada, a un metro de la piedra. Me la traje y hoy la conservo en mi consultorio de psicólogo; es una de mis reliquias arqueológicas, una de las preferidas porque solamente yo sé de dónde salió, de dónde viene. Es granito incaico y está tallado por ellos; tiene dos perfectos "bombé" apreciables a la vista.
Ese mismo día nos fuimos de Winay Huayna. Desandamos el camino hasta la bifurcación antes mencionada y tomamos el otro camino, el de la derecha. Esos senderos incaicos ya abandonados eran increíbles... a veces, más que tallados, estaban arrancados a la ladera vertical de piedra; otras serpenteando selva, roca y selva, siempre allá arriba, muy arriba, donde anidan los cóndores, donde cuesta respirar.
De Winay Huaina a Machu Pichu tardamos unas tres o cuatro horas de caminata. A veces en los costados del camino, en la roca, había agujeros totalmente tapados por telas de araña, con la entrada en el medio; me daban miedo, pensaba qué animal o terrible araña moraría ahí dentro, capáz de tejer semejante tela con semejante agujero. Afortunadamente nunca salió ninguna... Ibamos pisando unos estratos varias veces centenarios de hojas y ramas de los gigantescos árboles que crecían salvajes y nunca nadie había talado; caminábamos sobre un colchón empapado por las lluvias y respirábamos un enrarecido y muy húmedo y muy puro aire propiedad de los antiguos incas ya marchados.
En ese camino sucedió algo digno de mencionar y ésto te comprende a vos Alfredo. Cuando salimos de Winay Huayna y entramos a la selva uno de los peruanos dijo que era conveniente que marchara yo adelante y que detrás mio vinieras vos; luego el resto de la comitiva. Nadie preguntó nada y así lo hicimos. En un momento de la marcha me detuve ya que detrás mio empecé a escuchar gritos. Me doy vuelta y te veo a vos Alfredo gritando y zapateando... Desando rápidamente el camino y me entero de lo sucedido: había saltado un víbora y te había tirado un tarascón que pegó en tu bota y te la dejó marcada. Enseguida el peruano nos explica que cuando se marcha así por la selva suelen saltar víboras y atacan, pero con una particularidad: no atacan al primero de la fila sino al segundo. Yo iba en sandalias; vos tenías botas de cuero de media caña. Entre la sapiencia de ese peruano y tus botas me salvaron la vida.
Andando y andando llegamos hasta unas escaleras muy empinadas que era difícil subir debido a la distancia entre los escalones: el triple de altura de las que usamos nosotros ahora. Supimos que era una medida defensiva: las hacían altas para que a un posible enemigo le fuera difícil y lento subirlas. Obviamente era escalera de piedra incaica, que a esa altura de andar por el Perú ya distinguíamos bien entre lo que era incaico y lo que no. Trabajosamente y levantando bien las jóvenes rodillas llegamos hasta arriba. Eso era para pegar un grito... desde ahí arriba se contemplaba allá abajo entera y majestuosa la ciudadela de Machu Pichu.
Bajando entramos a Machu Pichu por detrás. Estuvimos ahí varias horas recorriendo todo y finalmente bajamos caminando por la senda serpenteante al apeadero del tren que nos conduciría nuevamente a Cuzco. Allá arriba en las ruinas tampoco paró nunca de llover, y llovía a baldazos. Creo que esa estación del tren se llama Aguas Calientes. En 1971 era solamente un apeadero y no había casas ni comercios; me han contado que hoy en día -turismo mediante- es casi una ciudad.
En el viaje de regreso nos iba a tocar pasar una situación que no estaba en nuestros planes. Tomamos el tren al atardecer y pronto se hizo de noche; en nuestro vagón éramos casi todos mochileros y reinaba una gran algarabía. Chucuchucu! chucuchucu! el tren se deslizaba por el valle del rio Urubamba mientras afuera llovía torrencialmente y a medida que caía la noche el frio era cada vez más inconsolable. En eso y siendo aprox. las 11 de la noche el tren se detiene y se apagan las luces; esperamos un rato y otro rato y otro rato hasta que alguno dice "ya hace una hora que estamos parados; voy a salir a ver qué pasa..." Cuando volvió fue para informarnos que salvo nuestro vagón, la lluvia y la oscuridad, ahí afuera otra cosa no había. Por motivos que desconocíamos habían desenganchado nuestro vagón y nos dejaron varados en medio del valle sagrado de los incas, tan solos como cuando llegamos al mundo...
Nadie vino luego a buscarnos, de manera que nos preparamos para pasar la noche dentro del vagón a oscuras. Hay! el frio! ... no había cómo combatirlo... algunos, con generosidad, compartieron alguna bebida alcohólica que llevaban, tipo grapa y parecidas, pero se acabaron pronto. Recuerdo que nos apiñamos de a dos, en el piso, debajo de los asientos, bien pegaditos como para compartir un poco el calor de los cuerpos, y así tratamos de dormir o de pasar la noche. Era un vagón de madera antiguo, con chisguetes y correderas de viento por todos lados. Fue una noche realmente tortuosa, de fantasmas incaicos y broncas ferroviarias.
A la mañana siguiente ni bien comenzó a clarear dejamos el vagón y caminamos por el costado de las vias hasta llegar a una bajadita que seguramemte conduciría a alguna parte. Tuvimos suerte porque llevaba a un villorio de pocas casas donde había un pequeño barcito al que entramos para tomar algo caliente. Luego, de alguna manera que no recuerdo, seguimos camino hacia Cuzco.
Dejamos Cuzco luego de haber estado en esa una semana o un poco más. Pusimos proa a Lima pasando por Nazca, Ica y Pisco, todo a dedo. En Lima yo tenía un contacto: Alberto Cisneros, cuyo padre tenía una carpintería en el jirón Zepita a media cuadra de avenida principal La Colmena. Luego de Machu Pichu y Cuzco se me pierde el rastro de Ruth, a quien ya no visualizo en Lima. Fuimos a parar al altillo de la carpintería, donde había una cama doble y pudimos dejar los bártulos; el padre de Alberto nos dio una llave, de manera que nos podíamos manejar con cierta independencia. En Lima tampoco te visualizo a vos Alfredo, en cambio sí a José Luis Gagna y a Balín.
Bueno, voy a dar por finalizado (o mejor dicho interrumpido) aquí este relato a vuelo de pájaro; con tiempo y ganas en otro momento lo seguiré. Te mando un abrazo Alfredo, mandame fotos tuyas y escribime; que el año entrante el sol nos ilumine y el viento nos siga acariciando. Mario
PD: tenés muy buena memoria: mi dirección en Wilde era Monte 81.
PD: si venís por acá en mayo quiero verte, si es preciso viajo yo a Córdoba; o se vienen a mi casa, que es la casa de Ustedes en La Plata, a disposición.
PD: mi hermana Susana se casó con un italiano y ahora vive en Bariloche desde el año 2000.
PD: estoy muy apenado por la situación de salud de Ruth; espero pueda superar este mal trance.
7.11.07
San Andres Islas - Colombia - 1971
LP 28 de octubre 2007
Hola Edith! tal como me dijiste podés imprimirlo para leer en el viaje a San Andrés o leerlo ahora, como vos quieras. Lo que te voy a contar es cómo fue mi experiencia en la San Andrés de 1971 de allá lejos y hace tiempo, la que yo conocí y que supongo debe haber cambiado mucho al menos en lo edilicio y en lo modificable.
Hola Edith! tal como me dijiste podés imprimirlo para leer en el viaje a San Andrés o leerlo ahora, como vos quieras. Lo que te voy a contar es cómo fue mi experiencia en la San Andrés de 1971 de allá lejos y hace tiempo, la que yo conocí y que supongo debe haber cambiado mucho al menos en lo edilicio y en lo modificable.
Como te dije tenía -y supongo ha de seguir teniendo- 32 kmts. de perímetro y hay partes donde ves el mar una cuadra a izquierda y una cuadra a derecha simultáneamente. Cuando yo estuve la isla producía sólo cocos y toda esa producción era por ley propiedad de los isleños. Claro, sólo hay palmeras, qué otra cosa puede haber en una islita perdida en el centro del mar Caribe. Estaba habitada por negros, negros de raza negra pero colombianos, que no trabajaban ni hacían otra cosa como no fuera hacer hijos, fumar marihuana y dormir la siesta en hamacas bajo los cocoteros.
Digo que los nativos no trabajaban porque un par de veces al año llegaban a la isla unos barcos cargueros con obreros también de raza negra que trepaban palmeras, cortaban los cocos, los transportaban a los barcos y se los llevaban. A cambio pagaban, no recuerdo si por coco o tonelada o cómo, y pagaban bien; de manera que los nativos no tenían que preocuparse de nada.
San Andrés es un paraíso. La arena es fina y blanca como la harina y el mar es transparente y de color verde esmeralda. En verdad el color del mar depende de la hora del día y de los bancos de peces, erizos, corales y algas que haya en el fondo porque es translúcido. A veces parecía una manta de retazos y cuando caía el sol se iluminaba como de fuego.
Las palmeras llegan hasta el mar y algunas mojan sus largas hojas en el agua. El agua es transparente y hay miles de pececitos de colores que debido a esa transparencia se ven a simple vista. Yo me divertía metiéndome bajo el agua con un erizo roto en la palma de la mano abierta y ver como en instantes mi mano se transformaba en un ramo de flores: eran todos pececitos que querían comer del erizo. Cada vez que rápidamente cerraba la mano intentando atrapar uno no había caso... imposible... son veloces como el rayo y no hay forma de agarrarlos con la mano.
De limpia el sol traspasa el agua y llega hasta el fondo de arena blanca aunque haya dos o tres metros de profundidad; entonces es todo una algarabía de salud, pureza y colores. En algunas partes frente a la isla y a 100 o 200 metros hay cayos (pequeñas islitas) adonde te llevan en bote o vas caminando o nadando. Recuerdo el nombre de uno en la zona céntrica: el Johnny Cay.
Yo llegué a San Andrés de mochilero luego de recorrer a dedo toda la espina dorsal de los Andes sudamericanos. Me embarqué en Cartagena de Indias en un carguero que llevaba provisiones. Al llegar me dirigí a un sitio llamado Residencias California, donde tenía un contacto. Lo encontré; era un muchacho negro, concejal, de nombre Máximo Pineda. Bueno, Máximo hizo lo posible por conseguirme -a mi y a mi amigo- alojamiento en algún lado, pero no tuvo suerte, de manera que quedamos viviendo en la misma Residencias California gracias a los buenos oficios de un tal Aldo, amigo de Máximo y capatáz o encargado de regentear ese hotelito de mala muerte.
Era una enorme casa de madera de dos plantas hecha al uso de tales lugares, con largo pasillo al cual daban las piezas y un sólo baño colectivo por piso. Un negro amigo de Máximo, que vivía en una de las habitaciones de planta alta, nos permitió acomodarnos con él en su bulo. La intención fue buena y hasta el día de hoy que le estoy agradecido pero ni te imaginás lo que nos pasó.
La primera noche, cuando nos íbamos a disponer a dormir, yo comencé a sacar de mi mochila la manta que solía usar de "colchón" para no dormir directamente sobre el piso. El negro dijo que nones, que así no iba a poder dormir y que mejor nos acomodáramos los tres en la única cama de dos plazas que había en la pieza. Como no agregó más nada y yo casi que ni lo conocía, no dije nada y obecedí órdenes, total que para desobedecer siempre hay tiempo. Eso sí, noté un tanto sorprendido que el negro acomodaba un tul a manera de carpa por sobre un palo que estaba arriba de la cama y nos pedía que lo encajáramos por debajo del colchón. Cuando estuvo todo preparado apagó la luz y dijo que nos quedáramos quietos... pocos minutos después la habitación de madera se llenó de chillidos y cantidad de ratas lo invadieron todo. En la penumbra las veía caminar por el palo del que colgaba el tul, por el piso, por una mesada con pileta que había en un rincón, por arriba de la alacena... Supongo que al rato me dormí, porque siempre tuve y tengo buen sueño y porque no recuerdo haber pasado ninguna noche sin dormir.
Aguantamos unos días con las ratas y el negro pero el sitio era incómodo, porque, de chiquito, no daba para tres; entonces con acuerdo de Aldo nos fuimos a la parte de atrás, que estaba recostada sobre el mar, donde había un tinglado abierto con trastos viejos y una mesa de carpintero. La primera noche yo me acomodé sobre la mesa y Valín tiró al piso de tierra una puerta en desuso que encontró por ahí. Previo nos sentamos ambos en la mesa de carpintero para charlar un rato y comer unos pedazos de pan sobrante que teníamos en alguna de las mochilas. En eso estábamos cuando se empezó a escuchar un chillido y luego otro y otro... En minutos estaba todo el tinglado rodeado por una marea de ratas.
Como ya teníamos la experiencia con el negro no nos hicimos demasiado problema. Yo me tapé bien tapado con mi manta sin dejar ni un pelo afuera y Valín hizo lo mismo. Al ratito nomás empecé a sentir las ratas caminándome sobre la espalda. Creo que durante algunos segundos me acordé de la cómoda cama de Wilde y poco después me dormí.
En San Andrés no tenía un mango: cero. Al principio sobrevivimos vendiendo alguna cosa de nuestras mochilas y cuando ya no hubo más nada para vender empezamos a mangar por la calle con suerte dispar. Algunos días pasábamos un poco de hambre pero a eso también estábamos bien acostumbrados. Poco después nos enteramos que venía a visitar la isla el Dr. Pastrana Borrero, presidente de Colombia, y que como iba a alojarse en el cuartel de Policía, estaban empezando a pintarlo todo. Fui a ofrecerme y conseguí trabajo de pintor de andamio.
Era un edificio nuevo y grande, de unos 4 o 5 pisos. El contratista me dio una brocha gorda, un tacho de pintura, me señaló el andamio y pronunció dos palabras: cuarto piso. Y allá fui. El sol pegaba como martillo de fuego pero no le aflojé ya que con la paga pensaba comprarme un pasaje en barco de regreso al continente o a cualquier país centroamericano. Habré trabajado un par de semanas y cuando llegó la hora de cobrar el muy turro no me quiso pagar aduciendo que un extranjero no puede trabajar y que me fuera a la m. antes que me denuncie. Me cagó lindo.
En las tardes de ese verano perpetuo que tiene el mar Caribe y subido a aquellos andamios yo sudaba la gota gorda. Nunca voy a olvidar a una señora del 4º piso -la esposa del jefe de Policía, que tenía su vivienda en el edificio- cuando una tarde abrió la ventana de su cocina y me convidó con un jugo de naranja frio. Yo subía a los andamios con una cantimplora con agua azucarada para aguantar todo el día de trabajo. Venden allá unos panes cuadrados marrones del tamaño de nuestros panes de manteca que se llaman "panela"; son el primer jugo de la caña de azucar, sin ninguna refinación, disecado y compactado. Bueno, cortaba pedacitos de panela y los metía en la cantimplora con agua, entonces se hacía un jugo espeso muy azucarado que ayudaba a levantar energías.
Mientras tanto mi amigo se había puesto a noviar con la hija del dueño de un hotel y le habían dado trabajo ahí. De día él la pasaba mejor que yo aunque por la noche todo se igualaba en Residencias California con los cientos de ratas como testigos mudos de nuestro involuntario exilio. Es que estábamos varados en San Andrés; queríamos seguir para Panamá pero ¿cómo salir de esa puta isla si nadando no se podía y hacer dedo tampoco?
Un día me cansé de las ratas y le dije a Valín que nos fuéramos al diablo de ahí. Fuimos a parar a un hotel a medio construir abandonado y a metros del mar, a unos 10 kmts. del centro; limpiamos un poco uno de los espacios y nos acomodamos ahí. Conseguimos una lata de aceite de autos de 5 litros que empezamos a usar de olla y entonces desayunábamos nada, almorzábamos cocos y cenábamos una exquisita sopa bien caliente que sabía a manjar de los dioses. Al menos no había ratas.
Alguno de los dos iba hasta el centro caminando los 10 kmts. y de alguna manera "conseguía" sobrecitos de especias: pimienta, orégano, canela, comino, pimentón, etc. lo que hubiera; entonces de noche hacíamos fuego con cáscaras de coco secas; con unos alambres fabricamos una suerte de parrilla para soportar la lata y al rato ya teníamos una sopa bien pero bien cojonuda que tomábamos con un jarrito que encontramos por ahí tirado. Recuerdo que a los dos o tres sorbos ya empezaba a transpirar a mares...
El baño era directamente la playa de noche, que estaba ahí a pocos metros. Una noche estrellada estaba yo en la playa plantando pinos cuando vi venir a un tipo caminando solitario. Al pasar me dijo "buenas noches" y yo retribuí su saludo cortesmente; es que los que nacimos caballeros no perdemos la compostura ni cagando.
Así pasaban los días hasta que una vez se me prendió la lamparita. Tenía varios amigos mochileros que trabajaban de taxi boy con las señoras que todos los viernes caían de Miami a pasar el fin de semana en la isla. Si bien ese oficio dejaba buena platita a mi mucho no me convencía. Me dediqué entonces a ser guía de turismo. Obvio es que ya conocía la isla palmo a palmo, desde la punta turística de los hoteles hasta la otra punta del barrio pobre de Saint Louis donde vivían los negros. Comencé por alquilar un taxi (a pagar al finalizar el viaje) y con un cartelito en inglés me instalé en el aeropuerto a ofrecer mis servicios. Tuve suerte; trabajo de viernes y sábados, sin complicaciones y hasta divertido.
Le hacía dar al tachero la vuelta a los 32 kmts. de la isla y le mostraba a los turistas la cueva del pirata Morgan, el geiser, el barrio de Saint Louis, los cangrejos gigantes y la variedad de iguanas y lagartos que poblaban ciertos sectores. La frutilla del postre era una visita a la choza del negro Pepa, un filósofo de la naturaleza que había vivido toda la vida en Saint Louis y que además de estar todo el día fumado sabía filosofar y preparaba unos bocaditos de cangrejo afrodisíacos bien regados con aguardiente colombiano. Los turistas contentos; pagaban en dólares y me daban las gracias. Repartía con el tachero mitad y mitad y ganábamos ambos. Así fue como empecé a comer mejor y fui preparando el plan para largarme de la isla.
El geiser mencionado estaba en unos acantilados de la parte rocosa. Había un agujero natural que conectaba por debajo de la roca el mar con un pozo que estaba unos 50 mts. tierra adentro. Cuando la marea subía entraba el agua a presión y salía por el agujero elevándose hasta aprox. unos 20 o 30 mts. Era bonito para sacar fotos. En cuanto a la cueva del pirata Morgan era una cueva cualquiera pero bien grandota que como no se veía el fondo permitía imaginar cualquier cosa. Ya no recuerdo si me lo contaron o lo inventé pero la cosa es que decían que habían dicho que en esa cueva Morgan había enterrado su tesoro y que el tesoro estaba ahí nomás cerca de la entrada. Nunca faltaba alguno que me preguntaba por qué no lo habían sacado... Entonces le explicaba que en principio cualquiera podía sacarlo y adueñarse de él pero que Morgan había dejado un gualicho y era que para encontrar su tesoro al entrar a la cueva no había que pensar en un oso blanco; que el que pudiera entra a la cueva sin pensar en un oso blanco iba a ser el feliz poseedor de todo su tesoro. Algunos me miraban y se reían y otros se quedaban boquiabiertos, tal vez como intentando no pensar en un oso blanco.
Ya con algunos pesos en el bolsillo otra vez decidí mudarme; esta vez me fui a verlo al negro Pepa, de quien me había hecho amigo. Con Pepa -un hombre ya muy viejo que nunca había salido de la isla y que nunca había hecho otra cosa que estar todo el día mirando el mar- después del almuerzo nos sentábamos bajo la sombra de alguna palmera a conversar. Recuerdo que me decía... "Usted es rey en su mundo y esclavo en el mundo del otro; nunca se enamore, nunca pierda su equilibrio". Sabio el negro... Me ofreció una choza que era de él y que estaba a unos 50 mts. de la suya, ambas sobre el mar cruzando el camino que perimetraba la isla. La ocupé, aunque ya estaba ocupada.
Era una sola pieza de madera, más chica que grande, con dos puertas sin puerta y tres ventanas sin ventana, montada sobre pilotes, techo de paja y escalerita. Vivían ahí una pareja de hippies marihuaneros colombianos con su pequeña hijita de unos 8 meses; la niña se llamaba Apocalipsis, la madre no recuerdo y él Adán; a la niña le llamaban cariñosamente Apocalis y le soplaban marihuana en la cara para que aspirara y se le ampliara el campo de conciencia; así me decían. Adán fabricaba artesanías y se caminaba casi todos los días los 10 kmts. hasta el sector turístico para venderlas por la playa; de eso vivían.
Yo estaba con una alemanita mochilera que había conocido en el viaje en barco; se llamaba Lailac y era muy bonita; dormíamos y nos bañábamos juntos en el mar transparente. O sea que éramos 5 en el pequeño espacio de la choza. Para completarla a los pocos días cayó una pareja de norteamericanos a quienes el bueno de Pepa también les había dado alojo gratuito. Total 7. Nos arreglábamos cómo podíamos, sobre todo por la noche. Los gringos tenían dólares y a veces compraban comida para todos aunque la mamá de Apocalis cocinaba algunas ollas que a veces se dejaban comer. Yo charlaba mucho con ella; me hacía gracia su lengua colombiana cuando arrastraba las G y las J. Contaba que algún día iba a escribir un libro que se llamaría "La noche de los cangrejos" y que ya lo tenía todo en la mente.
Un día me cansé de tanta aglomeración y conseguí una hamaca de esas que se cuelgan entre dos palmeras; entonces me iba a dormir ahí, pero como ya estaba advertido me llevé una manta.
Todo el mar Caribe está siendo permanentemente recorrido por ciclones que van y vienen y que obviamente pasan también por San Andrés. Eran unos 2 o 3 por día y era siempre lo mismo: en el medio de un día de sol radiante de repente se oscurecía todo y en minutos soplaban viento y lluvia huracanados. Todo el mundo corría a guarecerse y las palmeras se doblaban casi hasta el piso; duraba unos 10 o 15 minutos y otros tantos depués volvía el día de sol radiante. El problema para mi durmiendo entre dos palmeras era cuando los ciclones pasaban de noche... entonces el ruido de los truenos me despertaba y a sabiendas de todo levantaba la pierna en ángulo poniendo la manta sobre la rodilla a la manera de un techo a dos aguas. Parecía que se venía el mundo abajo con relámpagos, truenos, viento y lluvia torrenciales, pero todo duraba 10 minutos. El agua resbalaba por la manta y no me mojaba; pasado el meteoro seguía durmiendo tranquilamente.
Recuerdo que cuando estaba en la hamaca tenía allá arriba de la cabeza un impresionante conglomerado de cocos que pendían de una rama. Me habían contado que una vez un negro había muerto por un coco que se cayó y le pegó en la cabeza; entonces tenía un poco de miedo, sobre todo cuando era la noche y soplaban los ciclones. Una de esas noches en medio de un ciclón escuche arriba mio un crujido extraño como de una rama que se rompe; entonces me acordé del conjunto de cocos pendientes sobre mi cabeza y en urgente respuesta refleja me tiré de la hamaca y salí corriendo en medio del vendaval. Pues no, no eran los cocos, era una rama grandota medio reseca que había caído justo al lado de mi hamaca.
Es que uno acá no sabe cómo es el tema de los cocos. Esos que compramos en el mercado, de madera y del tamaño de una manzana grande es el carozo del coco. Cuando está en la palmera es 5 veces mayor, del tamaño de un gran melón. Es ese mismo carozo de madera pero recubierto por una capa de unos 10 cmts. de fibra dura, de color verde por afuera. Crecen en racimos, como si fuera un racimo de uvas gigantes. Obviamente si se cae una rama de esas... al dar contra el piso hace temblar el planeta.
Los atardeceres de San Andrés son una cosa maravillosa. El cielo se pone anaranjado y termina incendiándose en un rojo fulgurante que pinta tanto mar como palmeras y todo lo que toca. Da gusto sentarse en una roca para ver cómo cae el sol. Eso hacíamos con Pepa.
Cuando me levantaba me iba al mar a lavarme la cara y pasado el mediodía me gustaba tirarme dentro del agua tibia y transparente con la cabeza en una piedra a dormir la siesta. Nuestro baño en la choza que nos prestaba Pepa era una roca en medio del mar a la que se podía llegar caminando; nada más ecológico; dad al mar lo que es del mar. Pero estaba harto de tanta dolce farniente; me quería ir de la isla.
Pasaron muchas otras cosas en mi estancia de unos dos meses en San Andrés. Como conservo el pasaporte argentino que llevaba después lo voy a buscar para fijarme en las fechas. Estuve dos veces en la isla. La primera -siempre en barco- llegué desde Cartagena y salí hacia el puerto de Colón, Panamá, y la segunda viajé y regresé desde el puerto de Colón, todo en el año de 1971.
Este relato tendría que continuar con la segunda parte, la vinculada a mi encuentro en la isla con uno de los personajes más pintorescos que he conocido, el Sr. Carlos Raúl García, comandante de bomberos con el grado de capitán, Villa Carlos Paz, Córdoba, Argentina (tal su nombre entero) pero ya es tarde y quiero irme a dormir. MV
PD: cuando en 1959 Fidel sube al gobierno de Cuba cierra todos los hoteles turísticos, casinos y salones de prostitución que había para esparcimiento de los ciudadanos norteamericanos. Al terminarse Cuba como garito resultan beneficiados otros sitios, que toman el relevo. El principal fue Jamaica, y en menor medida le tocó su parte al archipiélago colombiano de San Andrés (islas de San Andrés y Providencia e islitas menores). Comenzaron entonces a florecer los Sheraton y demás cadenas de hoteles multinacionales. En 1971 había en la pequeña isla 5 lujosos casinos y todos los viernes aterrizaban uno tras otro los aviones que venían de Miami en viaje de media hora cargados de turistas yanquis; aviones que regresaban el domingo por la tarde o noche. Los fines de semana eso era Sodoma y Gomorra, estaba todo permitido y resultaba difícil encontrar a alguien que no estuviera en pedo o fumado.
PD: habitan la isla diversos pájaros y por sobre todo mucha variedad de cangrejos e iguanas y lagartos. Como el clima es todo el año tropical al mediodía se suele ver a los lagartos durmiendo la siesta sobre las rocas; algunos son enormes, de hasta dos metros de largo. El cangrejo grande tiene el cuerpo del tamaño de un plato playo de los nuestros (es enorme!) y los hay por millones. Pero los más apreciados para la gastronomía son unos pequeños de color rojizo que según dicen son afrodisíacos o al menos es lo que venden. Son los que preparaba Pepa a los turistas que yo le llevaba.
PD: fue durante uno de esos viajes, el último, de San Andréa a Colón en Panamá, una de las veces en que sentí temor a la muerte; es que la vi de cerca... Ibamos como piojos en costura en el Johnny Cay, un barco de carga atestado de cocos en sus bodegas y con la línea de flotación medio metro más arriba del agua cuando por la noche se empezó a levantar viento... al poco rato vi a los marineros -todos negros- correr por cubierta atando objetos y gritando a la gente que no saliera de sus lugares. Yo iba en popa en una especie de cajón abierto hacia el mar, como una piecita de tres paredes. El viento fue acrecentando y la cosa se empezó a poner cada vez más brava. Las olas eran gigantescas y la pequeña cáscara de nuez en que viajaba quedó a merced del viento y la lluvia torrencial. Era de noche y mirando hacia los costados veía reflejadas en el agua las luces del barco; eran olas como montañas que el barco trabajosamente trepaba de costado; al llevar arriba parecía que le sacaran la base de sustentación y se venía abajo en caida libre hasta pegar contra el piso de agua. En ese punto daba un fuerte golpe y hacía un "crack" en que parecía estar quebrándose al medio... Ay! mama mía... me acordaba de mi familia y sobre todo de mi perra la Fabiola que me estaba esperando en Wilde. Realmente creí que nos íbamos a pique y que iban mis huesos a dar en la panza de un tiburón. Finalmente y luego de una eternidad la tormenta comenzó a declinar. Al día siguiente le escuché decir a los marineros que zafamos de casualidad, que bien pudimos haber naufragado.
PD: rodean la isla una infinidad de delfines que cada vez que entra o sale un barco lo acompañan haciendo piruetas y dando un espectáculo de incomparable ballet marino. También hay peces voladores y en uno de esos cuatro viajes cayó uno dentro del barco y lo pudimos ver; es un pececito que tiene dos aletas muy largas de cada lado similares a las alas de una mosca. Toma impulso desde el agua hacia arriba, sale afuera, despliega las aletas/alas y empieza a planear sobre el agua llevado por el viento. Es muy bonito verlos aunque sin dudas se llevan la palma la increíble variedad de pececitos de colores que vas a ver por todos lados en el agua. Que tengas muy buen viaje: San Andrés te va a encantar. Mario
16.9.04
Breve resumen del viaje
Jose Mario Vidal
La Plata, 30 de mayo de 2003
En 1971 teniendo 23 años decidí emprender un viaje por América Latina; las circunstancias que me llevaron a hacerlo no vienen al caso. Salí a mitad de enero y regresé el 23 de diciembre. Casi todo el viaje fue tirando dedo y las experiencias –tanto sufridas como disfrutadas- fueron muchas, de todos los colores y matices en una amalgama imposible de relatar siquiera en su menor parte; hace pocos años conté algunas a pedido de unos amigos. Han pasado más de 30 años y si bien la memoria me acompañaría fiel como siempre ya no podría ponerme a relatar ese muy largo viaje en su totalidad.
Salí de Wilde con una pequeña mochila donde llevaba un sólo juego de ropa, cuatro o cinco libros, una manta y 20 mapas. En el bolsillo pocos pesos y el ánimo y las ganas de conocer elevados a su máxima potencia.
Enfilé para Chile –era la época de Salvador Allende- y cruzando la cordillera en pocos días llegué a Santiago. Remonté Chile hacia el norte y entré al Perú; de ahí Arequipa y Cuzco. De esta última a Lima. Luego todo el norte de Perú y el Ecuador por la montaña. Colombia, Isla de San Andrés (Caribe), Panamá, varias idas y vueltas por ahí, y acosado por la nostalgia finalmente el regreso, sólo que en vez de bajar por Chile lo hice por Bolivia para acortar camino.
Aquí va entonces lo poco que escribí pasados muuuuchos años.
Mario
La Plata, 30 de mayo de 2003
En 1971 teniendo 23 años decidí emprender un viaje por América Latina; las circunstancias que me llevaron a hacerlo no vienen al caso. Salí a mitad de enero y regresé el 23 de diciembre. Casi todo el viaje fue tirando dedo y las experiencias –tanto sufridas como disfrutadas- fueron muchas, de todos los colores y matices en una amalgama imposible de relatar siquiera en su menor parte; hace pocos años conté algunas a pedido de unos amigos. Han pasado más de 30 años y si bien la memoria me acompañaría fiel como siempre ya no podría ponerme a relatar ese muy largo viaje en su totalidad.
Salí de Wilde con una pequeña mochila donde llevaba un sólo juego de ropa, cuatro o cinco libros, una manta y 20 mapas. En el bolsillo pocos pesos y el ánimo y las ganas de conocer elevados a su máxima potencia.
Enfilé para Chile –era la época de Salvador Allende- y cruzando la cordillera en pocos días llegué a Santiago. Remonté Chile hacia el norte y entré al Perú; de ahí Arequipa y Cuzco. De esta última a Lima. Luego todo el norte de Perú y el Ecuador por la montaña. Colombia, Isla de San Andrés (Caribe), Panamá, varias idas y vueltas por ahí, y acosado por la nostalgia finalmente el regreso, sólo que en vez de bajar por Chile lo hice por Bolivia para acortar camino.
Aquí va entonces lo poco que escribí pasados muuuuchos años.
Mario
Vendiendo mermeladas en Lima
>At 16:38 08/07/2000 -0300, you wrote: Llegué a Lima, capital de Peru, en marzo del 73. Tenía algunas direcciones en la libreta, algunas tuyas; En un primer momento me hospede en el barrio de Breña, en casa de conocidos mios y, mucho posteriormente, en la casa del judio fabricante de mermeladas. Jorge.
En mi caso pasé por el Perú en febrero del 71. Yendo en tren de Cuzco a Machu Pichu conocí a un pibe peruano que me ofreció trabajo cuando llegara a Lima. Su padre era fabricante de mermeladas y las daba para la venta callejera. Dicho y hecho.
Arribé a Lima sin un peso y enfilé para la calle Napo en el barrio de Breña. Me atendió un señor muy amable de nombre Salomón, un judío alto de pelo blanco y nariz partida. Enseguida hicimos trato y al día siguiente a las 7 de la mañana me apersoné en su casa.
Eramos un grupo de unos 15 muchachos y nuestra tarea consistía en vender por las calles las mermeladas que él producía en una fabriquita pegada a su casa. Me dio un bolso con 30 tarros y partí a ganarme el mango. Entré a timbrear casas y a ofrecerlas, con buen éxito. En una hora y media ya había liquidado la partida. Me las daba a 10 soles y se podían vender a 20, todo un negocio. Con 300 soles en el bolsillo me sentía Gardel, Lepera y todos los guitarristas. Enseguida me hice canchero. Ayudado por mi parla y el hecho de ser blanco y no tener acento peruano me convertí de la noche a la mañana en un diestro vendedor de mermeladas. Vecina a la que le apuntaba vecina que caía y me compraba el tarrito; era el primer vendedor en regresar con el deber cumplido, mucho antes que los otros peruanitos.
Trabajé una semana y me fui; duré poco porque quería seguir viaje. Quedé en muy buenos términos con Salomón y recuerdo una noche me invitó a su mesa, a cenar opíparamente.
Seguí viaje y remonté todo el Perú hasta el Ecuador. Pasé por Ecuador y seguí para Colombia. Después la isla de San Andrés y Panamá. Luego el regreso a mi patria con parada técnica en Lima. Mi pobre bolsillo pedía a gritos pasar por la calle Napo y me mandé para ahí. Iba con un amigo argentino, Juan Carlos Garialde, de Junin.
El judío me recibió con los brazos abiertos y me dio un adelanto en efectivo para que pudiera paliar el hambre que me acosaba. Yo pesaba 63 kilos y no los 90 de ahora. Andaba y andaba por Sudamérica comiendo aire y respirando bifes de chorizo que no podía oler.
Salimos con Juan y liquidamos las mermeladas en menos que canta un gallo. Era diciembre de 1971 y queríamos volver a la Argentina. A los dos días le pedimos a Salomón que en vez de 30 tarros fueran 50 y aceptó gustoso. Tres horas y regresábamos con el bolsito vacío, 500 soles para cada uno. Debo decirte Jorge que en esa época un empleado bancario ganaba unos 3000 soles mensuales. En dos semanas ya fuimos ricos y nuestro patrón bendecía la bandera Argentina.
Trabajamos para él tres semanas vendiéndole 100 frascos diarios, cifra superior a la que hacían los otros vendedores todos juntos ellos. Salomón no cabía en su asombro y varias veces nos ofreció compartir su mesa; no nos quería dejar ir. Más allá de lo que le hacíamos ganar nos había cobrado afecto y nos quería como a hijos.
Sabés qué hacíamos Jorge? -nos íbamos a la entrada de un supermercado y tipo que bajaba del auto, tipo que encarábamos. "Señor, disculpe, somos dos estudiantes argentinos que estamos haciendo un viaje cultural y nos ganamos el sustento vendiendo estas ricas mermeladas de Ica, si usted fuera tan amable y nos pudiera comprar una, se lo vamos a agradecer, ya que de esta manera podremos regresar con nuestras familias para pasar la Navidad con ellos".
A los 23 años uno puede hacer cualquier cosa. Chau! -no había nadie que se negara a comprarnos las mermeladas de Salomón; vendíamos cuanto queríamos y en tres horas liquidábamos el bolso. Fue tanta la guita ganada que me alcanzó para comprar regalos para toda la familia y volver a mi patria sin hacer dedo.
Ya regresado le escribí varias veces a mi empleador y alguna vez me contestó. No me habló de las mermeladas sino de lo contento que se quedó con nosotros y que su casa era la nuestra para cuando volviéramos al Perú. Si algún día llego a ir voy a ir a la calle Napo en Breña, a saludar a los hijos; no creo que lo encuentre ya a Salomón Schneider. Mario
PD: una vez fuimos con Juan a vender a El Callao y quedamos en hacer cuadra por cuadra, él por una vereda y yo por la otra. Terminada la venta nos encontrábamos en la esquina y arrancábamos con la otra cuadra. En una de esas tuve que esperarlo en la esquina como una hora. Cuando al fin apareció (yo estaba enojado) lo increpé e interrogué. Me dijo que en una oficina conoció a una peruana de nombre Raquel que le gustó y se quedó conversando con ella. Le respondí... "y yo esperándote acá pedazo de boludo!". Juan no me acompañó en el viaje de regreso, prefirió quedarse en Lima. Hoy en día Raquel Bedoya es la esposa de Juan; viven en Lima y tienen una hija ya grande. Ella es escribana y él se dedica a atender un restaurant. El azar hizo que tanto yo como Salomón fuéramos celestinas impensadas de ese encuentro entre Juan y Raquel.
Mario
En mi caso pasé por el Perú en febrero del 71. Yendo en tren de Cuzco a Machu Pichu conocí a un pibe peruano que me ofreció trabajo cuando llegara a Lima. Su padre era fabricante de mermeladas y las daba para la venta callejera. Dicho y hecho.
Arribé a Lima sin un peso y enfilé para la calle Napo en el barrio de Breña. Me atendió un señor muy amable de nombre Salomón, un judío alto de pelo blanco y nariz partida. Enseguida hicimos trato y al día siguiente a las 7 de la mañana me apersoné en su casa.
Eramos un grupo de unos 15 muchachos y nuestra tarea consistía en vender por las calles las mermeladas que él producía en una fabriquita pegada a su casa. Me dio un bolso con 30 tarros y partí a ganarme el mango. Entré a timbrear casas y a ofrecerlas, con buen éxito. En una hora y media ya había liquidado la partida. Me las daba a 10 soles y se podían vender a 20, todo un negocio. Con 300 soles en el bolsillo me sentía Gardel, Lepera y todos los guitarristas. Enseguida me hice canchero. Ayudado por mi parla y el hecho de ser blanco y no tener acento peruano me convertí de la noche a la mañana en un diestro vendedor de mermeladas. Vecina a la que le apuntaba vecina que caía y me compraba el tarrito; era el primer vendedor en regresar con el deber cumplido, mucho antes que los otros peruanitos.
Trabajé una semana y me fui; duré poco porque quería seguir viaje. Quedé en muy buenos términos con Salomón y recuerdo una noche me invitó a su mesa, a cenar opíparamente.
Seguí viaje y remonté todo el Perú hasta el Ecuador. Pasé por Ecuador y seguí para Colombia. Después la isla de San Andrés y Panamá. Luego el regreso a mi patria con parada técnica en Lima. Mi pobre bolsillo pedía a gritos pasar por la calle Napo y me mandé para ahí. Iba con un amigo argentino, Juan Carlos Garialde, de Junin.
El judío me recibió con los brazos abiertos y me dio un adelanto en efectivo para que pudiera paliar el hambre que me acosaba. Yo pesaba 63 kilos y no los 90 de ahora. Andaba y andaba por Sudamérica comiendo aire y respirando bifes de chorizo que no podía oler.
Salimos con Juan y liquidamos las mermeladas en menos que canta un gallo. Era diciembre de 1971 y queríamos volver a la Argentina. A los dos días le pedimos a Salomón que en vez de 30 tarros fueran 50 y aceptó gustoso. Tres horas y regresábamos con el bolsito vacío, 500 soles para cada uno. Debo decirte Jorge que en esa época un empleado bancario ganaba unos 3000 soles mensuales. En dos semanas ya fuimos ricos y nuestro patrón bendecía la bandera Argentina.
Trabajamos para él tres semanas vendiéndole 100 frascos diarios, cifra superior a la que hacían los otros vendedores todos juntos ellos. Salomón no cabía en su asombro y varias veces nos ofreció compartir su mesa; no nos quería dejar ir. Más allá de lo que le hacíamos ganar nos había cobrado afecto y nos quería como a hijos.
Sabés qué hacíamos Jorge? -nos íbamos a la entrada de un supermercado y tipo que bajaba del auto, tipo que encarábamos. "Señor, disculpe, somos dos estudiantes argentinos que estamos haciendo un viaje cultural y nos ganamos el sustento vendiendo estas ricas mermeladas de Ica, si usted fuera tan amable y nos pudiera comprar una, se lo vamos a agradecer, ya que de esta manera podremos regresar con nuestras familias para pasar la Navidad con ellos".
A los 23 años uno puede hacer cualquier cosa. Chau! -no había nadie que se negara a comprarnos las mermeladas de Salomón; vendíamos cuanto queríamos y en tres horas liquidábamos el bolso. Fue tanta la guita ganada que me alcanzó para comprar regalos para toda la familia y volver a mi patria sin hacer dedo.
Ya regresado le escribí varias veces a mi empleador y alguna vez me contestó. No me habló de las mermeladas sino de lo contento que se quedó con nosotros y que su casa era la nuestra para cuando volviéramos al Perú. Si algún día llego a ir voy a ir a la calle Napo en Breña, a saludar a los hijos; no creo que lo encuentre ya a Salomón Schneider. Mario
PD: una vez fuimos con Juan a vender a El Callao y quedamos en hacer cuadra por cuadra, él por una vereda y yo por la otra. Terminada la venta nos encontrábamos en la esquina y arrancábamos con la otra cuadra. En una de esas tuve que esperarlo en la esquina como una hora. Cuando al fin apareció (yo estaba enojado) lo increpé e interrogué. Me dijo que en una oficina conoció a una peruana de nombre Raquel que le gustó y se quedó conversando con ella. Le respondí... "y yo esperándote acá pedazo de boludo!". Juan no me acompañó en el viaje de regreso, prefirió quedarse en Lima. Hoy en día Raquel Bedoya es la esposa de Juan; viven en Lima y tienen una hija ya grande. Ella es escribana y él se dedica a atender un restaurant. El azar hizo que tanto yo como Salomón fuéramos celestinas impensadas de ese encuentro entre Juan y Raquel.
Mario
Preso en Cartagena
----- Original Message -----
From: "Jose Mario Vidal"
Sent: Saturday, November 21, 1998 7:28 PM
Subject: Cartagena
Alfred: te cuento algo. Hace pocos días un conocido me dijo que se iba de vacaciones a Cartagena de Indias, en el caribe colombiano. Inmediatamente mi procesadora interna hizo click y recordé que yo había estado en ese lugar hace ya muchos años. Entonces le mandé lo que más adelante voy a transcribir y me quedé pensando en cómo pasa el tiempo. Me vino a la cabeza esa foto tuya en la moto que Nicolas te puso en la PC y que pude ver. No se puede creer che; es algo muy loco registrar in visu (viva la fotografía!) e in situ (los pibes tienen ahora esa edad que tuvimos!) y entrar a palpar el paso del tiempo. Entre que se te cae un lagrimón y que das las gracias por haber vivido bien. Me parece que me está dando el viejaso... :-(( Mejor la corto acá y a otra cosa.
Mario
Te quiero contar algo: conozco Cartagena.
En el invierno austral de 1971 anduve por ahí con mis 23 abriles bien llevados y me pareció un lugar super bonito. Andaba de mochilero recorriendo América y recalé ahí luego de una larga travesía desde Bogotá. Digo larga porque iba a dedo y me varé varias veces. El calor era insoportable y el hambre no le iba en menos. Por esa época pesaba 63 kilos.
Un camión me depositó en Cartagena de Indias, justo frente a la muralla, donde está el reloj, ese que se ve en la película Queimada. (Tenés que mirar Queimada, con Marlon Brando jovencito, totalmente filmada en Cartagena). Tenía yo puesto un vaquero y una remera Fred Perry color azul, usaba una larga barba e iba con mi mochila a cuestas. (la mochila la sigo llevando solo que no se me nota).
Bajé del camión traspasado por el sol y por los 15 anteriores días de ayuno y caminos de tierra. Iba con un amigo también raidista. Recién ahí me di cuenta que la Fred Perry crugía al tocarla, era más tierra que tela y no cabe hablar de la prenda interior. A poco de caminar pasé por la vidriera de un comercio y me espejé en ella... casi me caigo del susto... no me reconocía. Mi barba y mis pelos eran blancos y la Fred Perry ya no era azul. Ahí me di cuenta que hacía 3 semanas que no me bañaba y casi no comía.
Dimos unas vueltas por ahí y encontramos una iglesia. Le pedimos alojamiento al cura y nos dijo que no pero ofreció para darnos un baño; lo necesitábamos y aceptamos. Cuando las gotas de lluvia empezaron a resbalarme por el cuerpo no caía agua, caía barro. No lo podía creer... era barro, lo juro. En el fondo de la mochila tenía un pantalón de hilo blanco y otra Fred Perry del mismo color, ambos sin usar desde hacía unos 6 meses. Me los puse y me sentí un gentleman aunque no tuviera un mango en el bolsillo. Con mi amigo mangueamos un poco de morfi por ahí y luego empezamos a buscar para pasar la noche.
Fuimos al depto. de Policía. Nos atendieron muy amablemente y dijeron que nos iban a solucionar elproblema. Lo hicieron. Nos obligaron subir a un destartalado patrullero y fue así como entramos a las 22 hs. a la carcel de Cartagena. Fuimos a parar a una celda que cerraron cuidadosamente con llave. A los gritos llamé a un guardian para decirle que era extranjero y que no había hecho nada. Me dijo que la cerraban con llave para seguridad nuestra. Esa noche no pude dormir; los gritos de los presos y los que traían y llevaban eran un infierno de ruidos y peleas. Fui una de las 5 noches en mi vida que me tocó dormir en una celda.
Al día siguiente hicimos dedo y nos fuimos a Barranquilla, la patria de García Marquez. Ahí tuvimos mejor suerte: nos alojamos en el cuerpo de bomberos y hasta nos dieron de comer. Dos días después tomamos un barco carguero a la isla de San Andrés pero eso ya es otra historia.
Recuerdo de Cartagena el puerto y la edificación colonial tan típica; las calles con nombres elegantes y la población de raza negra; la muralla construida para parar a Sir Francis Drake y su aire de mar. Las comidas en base a cangrejos que no pude probar y mi contento al salir de la carcel una mañana de sol. Es una ciudad elegante y calurosa, muy antigua y de cara al mar Caribe. Es muy linda Cartagena de Indias. Colombia tiene 3 ciudades sobre el Caribe norte: Cartagena, Barranquilla y Santa Marta (la que no tiene tranvía). Dicen que Santa Marta es bellísima; queda cerca de Cartagena.
Imagino con tu hijo no va a haber problemas; a su edad le basta con tener a la mami y al papi que le resuelven todo.
El Caribe es un lujo, no hay por acá un mar así. Ya por esa época me gustaba escribir y lo hacía en la forma de cartas postales. Lamentablemente no había computadoras. No llevaba diario de viaje, el diario eran las cartas que mandaba a Wilde y otros sitios 3 o 4 veces por semana. Una punta de ellas se han perdido. Otras estarán en algún desván en alguna parte del planeta.
Ese año 71 partí de Wilde un 16 de enero y regresé un 23 de diciembre. Recorrí a dedo todo América del Sur y Centroamérica. Fueron 11 meses inolvidables, tan largos como toda la vida.
Ni bien regresé me puse de novio con la madre de mis hijos y me dediqué a terminar la carrera de psicología que había dejado colgada. Luego me casé y eché anclas. Acá termina el relato. Mario
From: "Jose Mario Vidal"
Sent: Saturday, November 21, 1998 7:28 PM
Subject: Cartagena
Alfred: te cuento algo. Hace pocos días un conocido me dijo que se iba de vacaciones a Cartagena de Indias, en el caribe colombiano. Inmediatamente mi procesadora interna hizo click y recordé que yo había estado en ese lugar hace ya muchos años. Entonces le mandé lo que más adelante voy a transcribir y me quedé pensando en cómo pasa el tiempo. Me vino a la cabeza esa foto tuya en la moto que Nicolas te puso en la PC y que pude ver. No se puede creer che; es algo muy loco registrar in visu (viva la fotografía!) e in situ (los pibes tienen ahora esa edad que tuvimos!) y entrar a palpar el paso del tiempo. Entre que se te cae un lagrimón y que das las gracias por haber vivido bien. Me parece que me está dando el viejaso... :-(( Mejor la corto acá y a otra cosa.
Mario
Te quiero contar algo: conozco Cartagena.
En el invierno austral de 1971 anduve por ahí con mis 23 abriles bien llevados y me pareció un lugar super bonito. Andaba de mochilero recorriendo América y recalé ahí luego de una larga travesía desde Bogotá. Digo larga porque iba a dedo y me varé varias veces. El calor era insoportable y el hambre no le iba en menos. Por esa época pesaba 63 kilos.
Un camión me depositó en Cartagena de Indias, justo frente a la muralla, donde está el reloj, ese que se ve en la película Queimada. (Tenés que mirar Queimada, con Marlon Brando jovencito, totalmente filmada en Cartagena). Tenía yo puesto un vaquero y una remera Fred Perry color azul, usaba una larga barba e iba con mi mochila a cuestas. (la mochila la sigo llevando solo que no se me nota).
Bajé del camión traspasado por el sol y por los 15 anteriores días de ayuno y caminos de tierra. Iba con un amigo también raidista. Recién ahí me di cuenta que la Fred Perry crugía al tocarla, era más tierra que tela y no cabe hablar de la prenda interior. A poco de caminar pasé por la vidriera de un comercio y me espejé en ella... casi me caigo del susto... no me reconocía. Mi barba y mis pelos eran blancos y la Fred Perry ya no era azul. Ahí me di cuenta que hacía 3 semanas que no me bañaba y casi no comía.
Dimos unas vueltas por ahí y encontramos una iglesia. Le pedimos alojamiento al cura y nos dijo que no pero ofreció para darnos un baño; lo necesitábamos y aceptamos. Cuando las gotas de lluvia empezaron a resbalarme por el cuerpo no caía agua, caía barro. No lo podía creer... era barro, lo juro. En el fondo de la mochila tenía un pantalón de hilo blanco y otra Fred Perry del mismo color, ambos sin usar desde hacía unos 6 meses. Me los puse y me sentí un gentleman aunque no tuviera un mango en el bolsillo. Con mi amigo mangueamos un poco de morfi por ahí y luego empezamos a buscar para pasar la noche.
Fuimos al depto. de Policía. Nos atendieron muy amablemente y dijeron que nos iban a solucionar elproblema. Lo hicieron. Nos obligaron subir a un destartalado patrullero y fue así como entramos a las 22 hs. a la carcel de Cartagena. Fuimos a parar a una celda que cerraron cuidadosamente con llave. A los gritos llamé a un guardian para decirle que era extranjero y que no había hecho nada. Me dijo que la cerraban con llave para seguridad nuestra. Esa noche no pude dormir; los gritos de los presos y los que traían y llevaban eran un infierno de ruidos y peleas. Fui una de las 5 noches en mi vida que me tocó dormir en una celda.
Al día siguiente hicimos dedo y nos fuimos a Barranquilla, la patria de García Marquez. Ahí tuvimos mejor suerte: nos alojamos en el cuerpo de bomberos y hasta nos dieron de comer. Dos días después tomamos un barco carguero a la isla de San Andrés pero eso ya es otra historia.
Recuerdo de Cartagena el puerto y la edificación colonial tan típica; las calles con nombres elegantes y la población de raza negra; la muralla construida para parar a Sir Francis Drake y su aire de mar. Las comidas en base a cangrejos que no pude probar y mi contento al salir de la carcel una mañana de sol. Es una ciudad elegante y calurosa, muy antigua y de cara al mar Caribe. Es muy linda Cartagena de Indias. Colombia tiene 3 ciudades sobre el Caribe norte: Cartagena, Barranquilla y Santa Marta (la que no tiene tranvía). Dicen que Santa Marta es bellísima; queda cerca de Cartagena.
Imagino con tu hijo no va a haber problemas; a su edad le basta con tener a la mami y al papi que le resuelven todo.
El Caribe es un lujo, no hay por acá un mar así. Ya por esa época me gustaba escribir y lo hacía en la forma de cartas postales. Lamentablemente no había computadoras. No llevaba diario de viaje, el diario eran las cartas que mandaba a Wilde y otros sitios 3 o 4 veces por semana. Una punta de ellas se han perdido. Otras estarán en algún desván en alguna parte del planeta.
Ese año 71 partí de Wilde un 16 de enero y regresé un 23 de diciembre. Recorrí a dedo todo América del Sur y Centroamérica. Fueron 11 meses inolvidables, tan largos como toda la vida.
Ni bien regresé me puse de novio con la madre de mis hijos y me dediqué a terminar la carrera de psicología que había dejado colgada. Luego me casé y eché anclas. Acá termina el relato. Mario
Preso en Panamá
----- Original Message -----
From: "Jose Mario Vidal"
To: Alfredo
Sent: Wednesday, November 25, 1998 9:27 PM
Subject: Panamá
> >//me vas a tener que contar cómo y porqué fueron las otras veces que dormistes en una celda... apuntastes como 5... No sabía lo frondoso de tu prontuario...
Sí, fueron varias veces pero no quiero ni acordarme. Estimado Gran Saltamontes: Me insististe tanto que voy a pelear con la memoria y finalmente te voy a responder. Te contaré sólo una de esas 4 o 5 eternas noches. Aquí va...
Una otra vez tuve que dormir en una carcel y fue en ciudad de Panamá. Esta vez la cosa fue seria. Había llegado a Pesé, pueblo del norte de ese país en el distrito de Chitré, cercano a Santiago de Veragüas y a la frontera con Costa Rica. Fui a ver a un amigo, el Sr. Francisco Ramos Mirones, campesino y poeta.
Como no tenía ni un puto dolar él me dio alojo y comida en su vivienda. Estuve ahí varios días y recuerdo pasábamos las tardes calurosas en el atrio de su casa, sentados en cómodas reposeras y conversando sobre la vida. El sol caía a plomo y la calle de tierra acumulaba 10 cmts. de polvo. Francisco leía sus poesías y me contaba historias de brujas y aparecidos; yo por mi parte le intentaba explicar cómo era Buenos Aires.
Esas conversas terminaban siempre con un decir de Francisco (nos tratábamos de riguroso "usted") ... "es así mi amigo Mario, vea usted... qué vaina hombre... !!!". Este buen Señor era partidario de Arnulfo Arias, quien fuera presidente de Panamá. Tenía militancia política y era contrario al golpe de Omar Torrijos.
Era el año de 1971, la época en que Panamá empezaba a denunciar los tratados del famoso Canal. Recuerdo que había en toda la gente un abierto sentimiento anti-norteamericano; muchas veces caminando por las calles me gritaban "gringo go out".
A los pocos días de estar en Pesé se cometió un asesinato en alguna hacienda de las cercanías: mataron a un campesino a golpes de "coa", un manual de labranza de esa región.
Una noche -era sábado- fui con un hijo de Francisco a caminar y nos llegamos hasta la plaza principal del pueblo. En eso vimos una polvareda que se acercaba por la calle de tierra y paraba justo frente a nosotros. Era un piquete de la Guardia Nacional que sin decir agua va nos esposaba y detenía; un jeep con 3 milicos a los gritos y pelando armas. Yo solo atiné a decir que era extranjero y que quería comunicarme con el embajador argentino pero no me dieron bola.
Los tíos enfilaron directo para la casa de Francisco; se ve que lo conocían. Entraron sin golpear y lo prendieron sin darle tiempo a nada. Requisaron la casa y se llevaron un grabador y una pila de cartas que estaban arriba de una mesa: eran las mías. Vieron un retrato de Arnulfo Arias colgando de la pared y uno de ellos dijo... "ese bribón ..." Lo bajaron al pibe y en el jeep descubierto nos llevaron esposados a Chitré.
La situación era muy dura y desconcertante. Mi amigo intentaba protegerme y explicar algo pero era inutil ya que los milicos cumplían órdenes.
El jeep transitó 20 kmts. por caminos de tierra, de noche, entre plantaciones de bananos, hasta llegar a Chitré. Yo invocaba por el embajador argentino, un milico hijo de puta que después me dio trabajo y no me pagó.
Fuimos a parar a la carcel. Francisco estaba en la celda de al lado y pude conversar con él un poco. Era una celda común con un camastro y una bacinilla... fue una noche de mierda sin saber qué pasaba y no pude pegar un ojo.
Recuerdo que me entretenía evocando la calle Corrientes y los amigos de Buenos Aires, mi perra y mi cama de Wilde. Yo en prisión y sin saber de qué se me acusaba... ???
A eso de las 5 de la mañana nos golpearon la puerta de rejas: alguien había traído comida; era Petra, la esposa de Francisco. Había caminado toda la noche los 20 kmts. que separaban Pesé de Chitré. Comí arroz mechado con habas (por esa época de mi vida comer era un azar y lo aceptaba así).
A las 7 de la mañana un milico me sacó y tuve que ir a prestar declaración. No me quitaron las esposas. Escritorio de por medio el sargento tenía todas mis cartas en la mano y ya las había leído. Por las preguntas que me hacía me di cuenta que se trataba del asesinato y me quedé más tranquilo: no eran cuestiones políticas. Me dijo que se veía obligado a mandarme a la capital del país.
A las 8 de la mañana subimos esposados a un micro de línea con un guardia armado acompañando. Me sentía un delincuente, un miserable reo de muerte; era todo tan feo que no podía ni hablar. La buena de Petra se había quedado en Chitré y llorando nos decía adios. Divina esa Petra! (era iletrada, padecía de bocio y su cuello era un maremagnum...).
Y allá nos fuimos con Francisco, ambos esposados y mirando obligadamente el paisaje del norte de Panamá, medio resignados a nuestra increíble mala suerte. Nos llevaron al Depto. de Policía, lo que es allá la Guardia Nacional. Ni bien llegados me quitaron las esposas y tuve que padecer un muy largo interrogatorio. Supe que el embajador argentino ya estaba al tanto de lo que pasaba con el ciudadano Jose Mario Vidal.
A eso del mediodía nos soltaron y nos fuimos silbando bajito a casa del negro Chabelo, un pariente de Francisco que había sido Ministro de Educación y vivía en Betania, una urbanización de los alrededores. Francisco le pidió plata y con eso pudimos comer algo y regresar a Pesé.
Viajamos ya de noche y el micro nos dejó en Chitré a eso de las 23 horas. Francisco me dijo que ya no había movilidad y solo quedaba caminar. Le dije: caminemos... y caminamos los 20 kmts. bajo una hermosa luna llena bordeando plantaciones de caña de azucar. A mitad de camino Francisco arrancó un pedazo de caña y me dijo que convenía masticarla. La luna iluminaba el camino. Es muy lindo el sabor de la caña cuando uno está cansado de andar.
Se hicieron las 2 y las 3 y las 4 de la madrugada y caminábamos entre las plantaciones de regreso a casa. A eso de las 5 y con un brutal cansancio a cuestas divisamos una loma. Francisco me dijo que detrás de esa loma estaba Pesé. Apuré el paso y luego miré para atrás: lo vi montado en un burro. Juro que lo vi y que levanté mi mano para increparlo por la diferencia: yo a pie y él cómodamente subido a una jaca. La visión duró dos segundos y de inmediato me di cuenta que el cansancio y el stress me estaban jugando una mala pasada: fue una alucinación, la única que tuve en mi vida. Bajamos la cuesta y llegamos a su casa.
La despertamos a Petra que saltaba de contenta y nos fuimos a dormir. Al día siguiente volvimos con Francisco a conversar la tarde en las reposeras del porche de su casa. Me dijo... "Usted no se va a olvidar nunca de Panamá... es así mi amigo Mario... qué vaina hombre ... !!!". Mario
PD: pocos días después regresé a ciudad de Panamá y me alojé en casa de Chabelo unos 15 días. Después emprendí el regreso a mi patria.
El Che Vidal
La Plata, 4 de febrero de 1999
Querido Dani: hola!
A propósito de una carta recibida desde Cuba, esa donde me decías que tu viejo me decía "el Che Vidal" recordé algunas cosas que tenía olvidadas y que en su momento yo supe contarle. Ultimamente parece que sólo vivo de recuerdos y espero pronto se me pase y vuelva a apuntar hacia adelante.
Anduve desde los 17 años de mochilero por toda la Argentina y países vecinos. Cada fin de semana por medio agarraba mi bolsito y disparaba a traquetear los caminos. Con una facilidad hoy día asombrosa me iba a Las Cuevas, pasaba a Chile y regresaba en dos días. O tocaba Reconquista, Asunción del Paraguay y vuelta. Las veces que me fui a pasar un fin de semana a Córdoba son incontables: nunca supe por qué pero el paisaje serrano me tiraba más que una yunta de bueyes (vos me entendés). En esa época era facil viajar a dedo; solo había que saber cebarle mate a los camioneros.
En 1971, a los 23 años, decidí ampliar mis fronteras. Agarré mi bolsito de lona cuadrillé, metí un par de calzoncillos, 2 remeras, varios libros e innumerables mapas. Completé con zapatos de repuesto y una mantita; pelpas y lapicera. Ese era todo el equipaje; de guita ni hablemos.
Tren a Constitución; tren a El Talar; micro hasta la Ford de Gral. Pacheco sobre ruta 9 y de ahí en más a dedo. Al día siguiente ya estaba en Mendoza y al otro en Santiago de Chile. Era la época de Salvador Allende y me alojé en la Federación de Estudiantes Universitarios. Me dieron un pupitre en un aula magna para apolillar. Estuve ahí dos semanas y cambié de domicilio varias veces. Luego continué viaje hacia el norte y crucé al Peru.
Sería interminable relatar todo ese viaje, que duró un año, así que la corto y voy al grano. Contar eso sería más largo que un almanaque.
Estando en La Paz conocí a una chica un poco mayor que yo. Hablábamos con ella de temas revolucionarios, cosa fecunda en esa época. Queríamos cambiar el mundo a rajatabla. Yo venía de hacer agitación izquierdista en Colombia y Ecuador junto a dos mochileros, un argentino de Junin y el otro uruguayo Tupamaro (ésto jamás se lo he contado a nadie; sólo tu padre lo sabía).
Un día la chica me dijo: "te espero mañana a las 10 hs. en mi casa; vamos a ir a dar una vuelta". Me llevó al cementerio de La Paz y nos sentamos a hablar sobre dos tumbas. Me dijo: "siéntate ahí" y me senté. Ahí me contó que ella había estado con el Che una punta de veces mientras preparaban la guerrilla junto a los hermanos Peredo (el Inti, el Coco y el Chato). Al Che lo habían matado en Las Higueras hacía unos dos años atrás y los Peredo también estaban bajo tierra. La tumba sobre la que me hizo sentar era donde se sentaba el Che.
Recuerdo haberle contado a tu viejo por carta este mismo fragmento de ese muy largo viaje por América Latina. El siempre me respondía a poste restante anticipándose a mi llegada. Creo haberte contado que cuando me quedé varado en una isla del Caribe me mandó un giro. A raíz de mis andanzas el tío me llamaba como vos recuerdas y eso me hacía gracia. Lamentable o afortunadamente no soy el Che Guevara. Mario
