Acerca de mí

- Nombre: Mario Vidal
- Ubicación: La Plata, pcia. de Buenos Aires, Argentina
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Breves relatos de un viaje que hice por América Latina a dedo durante todo 1971, escritos más de 30 años después.
16.9.04
Vendiendo mermeladas en Lima
>At 16:38 08/07/2000 -0300, you wrote: Llegué a Lima, capital de Peru, en marzo del 73. Tenía algunas direcciones en la libreta, algunas tuyas; En un primer momento me hospede en el barrio de Breña, en casa de conocidos mios y, mucho posteriormente, en la casa del judio fabricante de mermeladas. Jorge.
En mi caso pasé por el Perú en febrero del 71. Yendo en tren de Cuzco a Machu Pichu conocí a un pibe peruano que me ofreció trabajo cuando llegara a Lima. Su padre era fabricante de mermeladas y las daba para la venta callejera. Dicho y hecho.
Arribé a Lima sin un peso y enfilé para la calle Napo en el barrio de Breña. Me atendió un señor muy amable de nombre Salomón, un judío alto de pelo blanco y nariz partida. Enseguida hicimos trato y al día siguiente a las 7 de la mañana me apersoné en su casa.
Eramos un grupo de unos 15 muchachos y nuestra tarea consistía en vender por las calles las mermeladas que él producía en una fabriquita pegada a su casa. Me dio un bolso con 30 tarros y partí a ganarme el mango. Entré a timbrear casas y a ofrecerlas, con buen éxito. En una hora y media ya había liquidado la partida. Me las daba a 10 soles y se podían vender a 20, todo un negocio. Con 300 soles en el bolsillo me sentía Gardel, Lepera y todos los guitarristas. Enseguida me hice canchero. Ayudado por mi parla y el hecho de ser blanco y no tener acento peruano me convertí de la noche a la mañana en un diestro vendedor de mermeladas. Vecina a la que le apuntaba vecina que caía y me compraba el tarrito; era el primer vendedor en regresar con el deber cumplido, mucho antes que los otros peruanitos.
Trabajé una semana y me fui; duré poco porque quería seguir viaje. Quedé en muy buenos términos con Salomón y recuerdo una noche me invitó a su mesa, a cenar opíparamente.
Seguí viaje y remonté todo el Perú hasta el Ecuador. Pasé por Ecuador y seguí para Colombia. Después la isla de San Andrés y Panamá. Luego el regreso a mi patria con parada técnica en Lima. Mi pobre bolsillo pedía a gritos pasar por la calle Napo y me mandé para ahí. Iba con un amigo argentino, Juan Carlos Garialde, de Junin.
El judío me recibió con los brazos abiertos y me dio un adelanto en efectivo para que pudiera paliar el hambre que me acosaba. Yo pesaba 63 kilos y no los 90 de ahora. Andaba y andaba por Sudamérica comiendo aire y respirando bifes de chorizo que no podía oler.
Salimos con Juan y liquidamos las mermeladas en menos que canta un gallo. Era diciembre de 1971 y queríamos volver a la Argentina. A los dos días le pedimos a Salomón que en vez de 30 tarros fueran 50 y aceptó gustoso. Tres horas y regresábamos con el bolsito vacío, 500 soles para cada uno. Debo decirte Jorge que en esa época un empleado bancario ganaba unos 3000 soles mensuales. En dos semanas ya fuimos ricos y nuestro patrón bendecía la bandera Argentina.
Trabajamos para él tres semanas vendiéndole 100 frascos diarios, cifra superior a la que hacían los otros vendedores todos juntos ellos. Salomón no cabía en su asombro y varias veces nos ofreció compartir su mesa; no nos quería dejar ir. Más allá de lo que le hacíamos ganar nos había cobrado afecto y nos quería como a hijos.
Sabés qué hacíamos Jorge? -nos íbamos a la entrada de un supermercado y tipo que bajaba del auto, tipo que encarábamos. "Señor, disculpe, somos dos estudiantes argentinos que estamos haciendo un viaje cultural y nos ganamos el sustento vendiendo estas ricas mermeladas de Ica, si usted fuera tan amable y nos pudiera comprar una, se lo vamos a agradecer, ya que de esta manera podremos regresar con nuestras familias para pasar la Navidad con ellos".
A los 23 años uno puede hacer cualquier cosa. Chau! -no había nadie que se negara a comprarnos las mermeladas de Salomón; vendíamos cuanto queríamos y en tres horas liquidábamos el bolso. Fue tanta la guita ganada que me alcanzó para comprar regalos para toda la familia y volver a mi patria sin hacer dedo.
Ya regresado le escribí varias veces a mi empleador y alguna vez me contestó. No me habló de las mermeladas sino de lo contento que se quedó con nosotros y que su casa era la nuestra para cuando volviéramos al Perú. Si algún día llego a ir voy a ir a la calle Napo en Breña, a saludar a los hijos; no creo que lo encuentre ya a Salomón Schneider. Mario
PD: una vez fuimos con Juan a vender a El Callao y quedamos en hacer cuadra por cuadra, él por una vereda y yo por la otra. Terminada la venta nos encontrábamos en la esquina y arrancábamos con la otra cuadra. En una de esas tuve que esperarlo en la esquina como una hora. Cuando al fin apareció (yo estaba enojado) lo increpé e interrogué. Me dijo que en una oficina conoció a una peruana de nombre Raquel que le gustó y se quedó conversando con ella. Le respondí... "y yo esperándote acá pedazo de boludo!". Juan no me acompañó en el viaje de regreso, prefirió quedarse en Lima. Hoy en día Raquel Bedoya es la esposa de Juan; viven en Lima y tienen una hija ya grande. Ella es escribana y él se dedica a atender un restaurant. El azar hizo que tanto yo como Salomón fuéramos celestinas impensadas de ese encuentro entre Juan y Raquel.
Mario
En mi caso pasé por el Perú en febrero del 71. Yendo en tren de Cuzco a Machu Pichu conocí a un pibe peruano que me ofreció trabajo cuando llegara a Lima. Su padre era fabricante de mermeladas y las daba para la venta callejera. Dicho y hecho.
Arribé a Lima sin un peso y enfilé para la calle Napo en el barrio de Breña. Me atendió un señor muy amable de nombre Salomón, un judío alto de pelo blanco y nariz partida. Enseguida hicimos trato y al día siguiente a las 7 de la mañana me apersoné en su casa.
Eramos un grupo de unos 15 muchachos y nuestra tarea consistía en vender por las calles las mermeladas que él producía en una fabriquita pegada a su casa. Me dio un bolso con 30 tarros y partí a ganarme el mango. Entré a timbrear casas y a ofrecerlas, con buen éxito. En una hora y media ya había liquidado la partida. Me las daba a 10 soles y se podían vender a 20, todo un negocio. Con 300 soles en el bolsillo me sentía Gardel, Lepera y todos los guitarristas. Enseguida me hice canchero. Ayudado por mi parla y el hecho de ser blanco y no tener acento peruano me convertí de la noche a la mañana en un diestro vendedor de mermeladas. Vecina a la que le apuntaba vecina que caía y me compraba el tarrito; era el primer vendedor en regresar con el deber cumplido, mucho antes que los otros peruanitos.
Trabajé una semana y me fui; duré poco porque quería seguir viaje. Quedé en muy buenos términos con Salomón y recuerdo una noche me invitó a su mesa, a cenar opíparamente.
Seguí viaje y remonté todo el Perú hasta el Ecuador. Pasé por Ecuador y seguí para Colombia. Después la isla de San Andrés y Panamá. Luego el regreso a mi patria con parada técnica en Lima. Mi pobre bolsillo pedía a gritos pasar por la calle Napo y me mandé para ahí. Iba con un amigo argentino, Juan Carlos Garialde, de Junin.
El judío me recibió con los brazos abiertos y me dio un adelanto en efectivo para que pudiera paliar el hambre que me acosaba. Yo pesaba 63 kilos y no los 90 de ahora. Andaba y andaba por Sudamérica comiendo aire y respirando bifes de chorizo que no podía oler.
Salimos con Juan y liquidamos las mermeladas en menos que canta un gallo. Era diciembre de 1971 y queríamos volver a la Argentina. A los dos días le pedimos a Salomón que en vez de 30 tarros fueran 50 y aceptó gustoso. Tres horas y regresábamos con el bolsito vacío, 500 soles para cada uno. Debo decirte Jorge que en esa época un empleado bancario ganaba unos 3000 soles mensuales. En dos semanas ya fuimos ricos y nuestro patrón bendecía la bandera Argentina.
Trabajamos para él tres semanas vendiéndole 100 frascos diarios, cifra superior a la que hacían los otros vendedores todos juntos ellos. Salomón no cabía en su asombro y varias veces nos ofreció compartir su mesa; no nos quería dejar ir. Más allá de lo que le hacíamos ganar nos había cobrado afecto y nos quería como a hijos.
Sabés qué hacíamos Jorge? -nos íbamos a la entrada de un supermercado y tipo que bajaba del auto, tipo que encarábamos. "Señor, disculpe, somos dos estudiantes argentinos que estamos haciendo un viaje cultural y nos ganamos el sustento vendiendo estas ricas mermeladas de Ica, si usted fuera tan amable y nos pudiera comprar una, se lo vamos a agradecer, ya que de esta manera podremos regresar con nuestras familias para pasar la Navidad con ellos".
A los 23 años uno puede hacer cualquier cosa. Chau! -no había nadie que se negara a comprarnos las mermeladas de Salomón; vendíamos cuanto queríamos y en tres horas liquidábamos el bolso. Fue tanta la guita ganada que me alcanzó para comprar regalos para toda la familia y volver a mi patria sin hacer dedo.
Ya regresado le escribí varias veces a mi empleador y alguna vez me contestó. No me habló de las mermeladas sino de lo contento que se quedó con nosotros y que su casa era la nuestra para cuando volviéramos al Perú. Si algún día llego a ir voy a ir a la calle Napo en Breña, a saludar a los hijos; no creo que lo encuentre ya a Salomón Schneider. Mario
PD: una vez fuimos con Juan a vender a El Callao y quedamos en hacer cuadra por cuadra, él por una vereda y yo por la otra. Terminada la venta nos encontrábamos en la esquina y arrancábamos con la otra cuadra. En una de esas tuve que esperarlo en la esquina como una hora. Cuando al fin apareció (yo estaba enojado) lo increpé e interrogué. Me dijo que en una oficina conoció a una peruana de nombre Raquel que le gustó y se quedó conversando con ella. Le respondí... "y yo esperándote acá pedazo de boludo!". Juan no me acompañó en el viaje de regreso, prefirió quedarse en Lima. Hoy en día Raquel Bedoya es la esposa de Juan; viven en Lima y tienen una hija ya grande. Ella es escribana y él se dedica a atender un restaurant. El azar hizo que tanto yo como Salomón fuéramos celestinas impensadas de ese encuentro entre Juan y Raquel.
Mario
