Breves relatos de un viaje que hice por América Latina a dedo durante todo 1971, escritos más de 30 años después.

7.11.07

San Andres Islas - Colombia - 1971


LP 28 de octubre 2007


Hola Edith! tal como me dijiste podés imprimirlo para leer en el viaje a San Andrés o leerlo ahora, como vos quieras. Lo que te voy a contar es cómo fue mi experiencia en la San Andrés de 1971 de allá lejos y hace tiempo, la que yo conocí y que supongo debe haber cambiado mucho al menos en lo edilicio y en lo modificable.

Como te dije tenía -y supongo ha de seguir teniendo- 32 kmts. de perímetro y hay partes donde ves el mar una cuadra a izquierda y una cuadra a derecha simultáneamente. Cuando yo estuve la isla producía sólo cocos y toda esa producción era por ley propiedad de los isleños. Claro, sólo hay palmeras, qué otra cosa puede haber en una islita perdida en el centro del mar Caribe. Estaba habitada por negros, negros de raza negra pero colombianos, que no trabajaban ni hacían otra cosa como no fuera hacer hijos, fumar marihuana y dormir la siesta en hamacas bajo los cocoteros.

Digo que los nativos no trabajaban porque un par de veces al año llegaban a la isla unos barcos cargueros con obreros también de raza negra que trepaban palmeras, cortaban los cocos, los transportaban a los barcos y se los llevaban. A cambio pagaban, no recuerdo si por coco o tonelada o cómo, y pagaban bien; de manera que los nativos no tenían que preocuparse de nada.

San Andrés es un paraíso. La arena es fina y blanca como la harina y el mar es transparente y de color verde esmeralda. En verdad el color del mar depende de la hora del día y de los bancos de peces, erizos, corales y algas que haya en el fondo porque es translúcido. A veces parecía una manta de retazos y cuando caía el sol se iluminaba como de fuego.

Las palmeras llegan hasta el mar y algunas mojan sus largas hojas en el agua. El agua es transparente y hay miles de pececitos de colores que debido a esa transparencia se ven a simple vista. Yo me divertía metiéndome bajo el agua con un erizo roto en la palma de la mano abierta y ver como en instantes mi mano se transformaba en un ramo de flores: eran todos pececitos que querían comer del erizo. Cada vez que rápidamente cerraba la mano intentando atrapar uno no había caso... imposible... son veloces como el rayo y no hay forma de agarrarlos con la mano.

De limpia el sol traspasa el agua y llega hasta el fondo de arena blanca aunque haya dos o tres metros de profundidad; entonces es todo una algarabía de salud, pureza y colores. En algunas partes frente a la isla y a 100 o 200 metros hay cayos (pequeñas islitas) adonde te llevan en bote o vas caminando o nadando. Recuerdo el nombre de uno en la zona céntrica: el Johnny Cay.

Yo llegué a San Andrés de mochilero luego de recorrer a dedo toda la espina dorsal de los Andes sudamericanos. Me embarqué en Cartagena de Indias en un carguero que llevaba provisiones. Al llegar me dirigí a un sitio llamado Residencias California, donde tenía un contacto. Lo encontré; era un muchacho negro, concejal, de nombre Máximo Pineda. Bueno, Máximo hizo lo posible por conseguirme -a mi y a mi amigo- alojamiento en algún lado, pero no tuvo suerte, de manera que quedamos viviendo en la misma Residencias California gracias a los buenos oficios de un tal Aldo, amigo de Máximo y capatáz o encargado de regentear ese hotelito de mala muerte.

Era una enorme casa de madera de dos plantas hecha al uso de tales lugares, con largo pasillo al cual daban las piezas y un sólo baño colectivo por piso. Un negro amigo de Máximo, que vivía en una de las habitaciones de planta alta, nos permitió acomodarnos con él en su bulo. La intención fue buena y hasta el día de hoy que le estoy agradecido pero ni te imaginás lo que nos pasó.

La primera noche, cuando nos íbamos a disponer a dormir, yo comencé a sacar de mi mochila la manta que solía usar de "colchón" para no dormir directamente sobre el piso. El negro dijo que nones, que así no iba a poder dormir y que mejor nos acomodáramos los tres en la única cama de dos plazas que había en la pieza. Como no agregó más nada y yo casi que ni lo conocía, no dije nada y obecedí órdenes, total que para desobedecer siempre hay tiempo. Eso sí, noté un tanto sorprendido que el negro acomodaba un tul a manera de carpa por sobre un palo que estaba arriba de la cama y nos pedía que lo encajáramos por debajo del colchón. Cuando estuvo todo preparado apagó la luz y dijo que nos quedáramos quietos... pocos minutos después la habitación de madera se llenó de chillidos y cantidad de ratas lo invadieron todo. En la penumbra las veía caminar por el palo del que colgaba el tul, por el piso, por una mesada con pileta que había en un rincón, por arriba de la alacena... Supongo que al rato me dormí, porque siempre tuve y tengo buen sueño y porque no recuerdo haber pasado ninguna noche sin dormir.

Aguantamos unos días con las ratas y el negro pero el sitio era incómodo, porque, de chiquito, no daba para tres; entonces con acuerdo de Aldo nos fuimos a la parte de atrás, que estaba recostada sobre el mar, donde había un tinglado abierto con trastos viejos y una mesa de carpintero. La primera noche yo me acomodé sobre la mesa y Valín tiró al piso de tierra una puerta en desuso que encontró por ahí. Previo nos sentamos ambos en la mesa de carpintero para charlar un rato y comer unos pedazos de pan sobrante que teníamos en alguna de las mochilas. En eso estábamos cuando se empezó a escuchar un chillido y luego otro y otro... En minutos estaba todo el tinglado rodeado por una marea de ratas.

Como ya teníamos la experiencia con el negro no nos hicimos demasiado problema. Yo me tapé bien tapado con mi manta sin dejar ni un pelo afuera y Valín hizo lo mismo. Al ratito nomás empecé a sentir las ratas caminándome sobre la espalda. Creo que durante algunos segundos me acordé de la cómoda cama de Wilde y poco después me dormí.

En San Andrés no tenía un mango: cero. Al principio sobrevivimos vendiendo alguna cosa de nuestras mochilas y cuando ya no hubo más nada para vender empezamos a mangar por la calle con suerte dispar. Algunos días pasábamos un poco de hambre pero a eso también estábamos bien acostumbrados. Poco después nos enteramos que venía a visitar la isla el Dr. Pastrana Borrero, presidente de Colombia, y que como iba a alojarse en el cuartel de Policía, estaban empezando a pintarlo todo. Fui a ofrecerme y conseguí trabajo de pintor de andamio.

Era un edificio nuevo y grande, de unos 4 o 5 pisos. El contratista me dio una brocha gorda, un tacho de pintura, me señaló el andamio y pronunció dos palabras: cuarto piso. Y allá fui. El sol pegaba como martillo de fuego pero no le aflojé ya que con la paga pensaba comprarme un pasaje en barco de regreso al continente o a cualquier país centroamericano. Habré trabajado un par de semanas y cuando llegó la hora de cobrar el muy turro no me quiso pagar aduciendo que un extranjero no puede trabajar y que me fuera a la m. antes que me denuncie. Me cagó lindo.

En las tardes de ese verano perpetuo que tiene el mar Caribe y subido a aquellos andamios yo sudaba la gota gorda. Nunca voy a olvidar a una señora del 4º piso -la esposa del jefe de Policía, que tenía su vivienda en el edificio- cuando una tarde abrió la ventana de su cocina y me convidó con un jugo de naranja frio. Yo subía a los andamios con una cantimplora con agua azucarada para aguantar todo el día de trabajo. Venden allá unos panes cuadrados marrones del tamaño de nuestros panes de manteca que se llaman "panela"; son el primer jugo de la caña de azucar, sin ninguna refinación, disecado y compactado. Bueno, cortaba pedacitos de panela y los metía en la cantimplora con agua, entonces se hacía un jugo espeso muy azucarado que ayudaba a levantar energías.

Mientras tanto mi amigo se había puesto a noviar con la hija del dueño de un hotel y le habían dado trabajo ahí. De día él la pasaba mejor que yo aunque por la noche todo se igualaba en Residencias California con los cientos de ratas como testigos mudos de nuestro involuntario exilio. Es que estábamos varados en San Andrés; queríamos seguir para Panamá pero ¿cómo salir de esa puta isla si nadando no se podía y hacer dedo tampoco?

Un día me cansé de las ratas y le dije a Valín que nos fuéramos al diablo de ahí. Fuimos a parar a un hotel a medio construir abandonado y a metros del mar, a unos 10 kmts. del centro; limpiamos un poco uno de los espacios y nos acomodamos ahí. Conseguimos una lata de aceite de autos de 5 litros que empezamos a usar de olla y entonces desayunábamos nada, almorzábamos cocos y cenábamos una exquisita sopa bien caliente que sabía a manjar de los dioses. Al menos no había ratas.

Alguno de los dos iba hasta el centro caminando los 10 kmts. y de alguna manera "conseguía" sobrecitos de especias: pimienta, orégano, canela, comino, pimentón, etc. lo que hubiera; entonces de noche hacíamos fuego con cáscaras de coco secas; con unos alambres fabricamos una suerte de parrilla para soportar la lata y al rato ya teníamos una sopa bien pero bien cojonuda que tomábamos con un jarrito que encontramos por ahí tirado. Recuerdo que a los dos o tres sorbos ya empezaba a transpirar a mares...

El baño era directamente la playa de noche, que estaba ahí a pocos metros. Una noche estrellada estaba yo en la playa plantando pinos cuando vi venir a un tipo caminando solitario. Al pasar me dijo "buenas noches" y yo retribuí su saludo cortesmente; es que los que nacimos caballeros no perdemos la compostura ni cagando.

Así pasaban los días hasta que una vez se me prendió la lamparita. Tenía varios amigos mochileros que trabajaban de taxi boy con las señoras que todos los viernes caían de Miami a pasar el fin de semana en la isla. Si bien ese oficio dejaba buena platita a mi mucho no me convencía. Me dediqué entonces a ser guía de turismo. Obvio es que ya conocía la isla palmo a palmo, desde la punta turística de los hoteles hasta la otra punta del barrio pobre de Saint Louis donde vivían los negros. Comencé por alquilar un taxi (a pagar al finalizar el viaje) y con un cartelito en inglés me instalé en el aeropuerto a ofrecer mis servicios. Tuve suerte; trabajo de viernes y sábados, sin complicaciones y hasta divertido.

Le hacía dar al tachero la vuelta a los 32 kmts. de la isla y le mostraba a los turistas la cueva del pirata Morgan, el geiser, el barrio de Saint Louis, los cangrejos gigantes y la variedad de iguanas y lagartos que poblaban ciertos sectores. La frutilla del postre era una visita a la choza del negro Pepa, un filósofo de la naturaleza que había vivido toda la vida en Saint Louis y que además de estar todo el día fumado sabía filosofar y preparaba unos bocaditos de cangrejo afrodisíacos bien regados con aguardiente colombiano. Los turistas contentos; pagaban en dólares y me daban las gracias. Repartía con el tachero mitad y mitad y ganábamos ambos. Así fue como empecé a comer mejor y fui preparando el plan para largarme de la isla.

El geiser mencionado estaba en unos acantilados de la parte rocosa. Había un agujero natural que conectaba por debajo de la roca el mar con un pozo que estaba unos 50 mts. tierra adentro. Cuando la marea subía entraba el agua a presión y salía por el agujero elevándose hasta aprox. unos 20 o 30 mts. Era bonito para sacar fotos. En cuanto a la cueva del pirata Morgan era una cueva cualquiera pero bien grandota que como no se veía el fondo permitía imaginar cualquier cosa. Ya no recuerdo si me lo contaron o lo inventé pero la cosa es que decían que habían dicho que en esa cueva Morgan había enterrado su tesoro y que el tesoro estaba ahí nomás cerca de la entrada. Nunca faltaba alguno que me preguntaba por qué no lo habían sacado... Entonces le explicaba que en principio cualquiera podía sacarlo y adueñarse de él pero que Morgan había dejado un gualicho y era que para encontrar su tesoro al entrar a la cueva no había que pensar en un oso blanco; que el que pudiera entra a la cueva sin pensar en un oso blanco iba a ser el feliz poseedor de todo su tesoro. Algunos me miraban y se reían y otros se quedaban boquiabiertos, tal vez como intentando no pensar en un oso blanco.

Ya con algunos pesos en el bolsillo otra vez decidí mudarme; esta vez me fui a verlo al negro Pepa, de quien me había hecho amigo. Con Pepa -un hombre ya muy viejo que nunca había salido de la isla y que nunca había hecho otra cosa que estar todo el día mirando el mar- después del almuerzo nos sentábamos bajo la sombra de alguna palmera a conversar. Recuerdo que me decía... "Usted es rey en su mundo y esclavo en el mundo del otro; nunca se enamore, nunca pierda su equilibrio". Sabio el negro... Me ofreció una choza que era de él y que estaba a unos 50 mts. de la suya, ambas sobre el mar cruzando el camino que perimetraba la isla. La ocupé, aunque ya estaba ocupada.

Era una sola pieza de madera, más chica que grande, con dos puertas sin puerta y tres ventanas sin ventana, montada sobre pilotes, techo de paja y escalerita. Vivían ahí una pareja de hippies marihuaneros colombianos con su pequeña hijita de unos 8 meses; la niña se llamaba Apocalipsis, la madre no recuerdo y él Adán; a la niña le llamaban cariñosamente Apocalis y le soplaban marihuana en la cara para que aspirara y se le ampliara el campo de conciencia; así me decían. Adán fabricaba artesanías y se caminaba casi todos los días los 10 kmts. hasta el sector turístico para venderlas por la playa; de eso vivían.

Yo estaba con una alemanita mochilera que había conocido en el viaje en barco; se llamaba Lailac y era muy bonita; dormíamos y nos bañábamos juntos en el mar transparente. O sea que éramos 5 en el pequeño espacio de la choza. Para completarla a los pocos días cayó una pareja de norteamericanos a quienes el bueno de Pepa también les había dado alojo gratuito. Total 7. Nos arreglábamos cómo podíamos, sobre todo por la noche. Los gringos tenían dólares y a veces compraban comida para todos aunque la mamá de Apocalis cocinaba algunas ollas que a veces se dejaban comer. Yo charlaba mucho con ella; me hacía gracia su lengua colombiana cuando arrastraba las G y las J. Contaba que algún día iba a escribir un libro que se llamaría "La noche de los cangrejos" y que ya lo tenía todo en la mente.
Un día me cansé de tanta aglomeración y conseguí una hamaca de esas que se cuelgan entre dos palmeras; entonces me iba a dormir ahí, pero como ya estaba advertido me llevé una manta.

Todo el mar Caribe está siendo permanentemente recorrido por ciclones que van y vienen y que obviamente pasan también por San Andrés. Eran unos 2 o 3 por día y era siempre lo mismo: en el medio de un día de sol radiante de repente se oscurecía todo y en minutos soplaban viento y lluvia huracanados. Todo el mundo corría a guarecerse y las palmeras se doblaban casi hasta el piso; duraba unos 10 o 15 minutos y otros tantos depués volvía el día de sol radiante. El problema para mi durmiendo entre dos palmeras era cuando los ciclones pasaban de noche... entonces el ruido de los truenos me despertaba y a sabiendas de todo levantaba la pierna en ángulo poniendo la manta sobre la rodilla a la manera de un techo a dos aguas. Parecía que se venía el mundo abajo con relámpagos, truenos, viento y lluvia torrenciales, pero todo duraba 10 minutos. El agua resbalaba por la manta y no me mojaba; pasado el meteoro seguía durmiendo tranquilamente.

Recuerdo que cuando estaba en la hamaca tenía allá arriba de la cabeza un impresionante conglomerado de cocos que pendían de una rama. Me habían contado que una vez un negro había muerto por un coco que se cayó y le pegó en la cabeza; entonces tenía un poco de miedo, sobre todo cuando era la noche y soplaban los ciclones. Una de esas noches en medio de un ciclón escuche arriba mio un crujido extraño como de una rama que se rompe; entonces me acordé del conjunto de cocos pendientes sobre mi cabeza y en urgente respuesta refleja me tiré de la hamaca y salí corriendo en medio del vendaval. Pues no, no eran los cocos, era una rama grandota medio reseca que había caído justo al lado de mi hamaca.

Es que uno acá no sabe cómo es el tema de los cocos. Esos que compramos en el mercado, de madera y del tamaño de una manzana grande es el carozo del coco. Cuando está en la palmera es 5 veces mayor, del tamaño de un gran melón. Es ese mismo carozo de madera pero recubierto por una capa de unos 10 cmts. de fibra dura, de color verde por afuera. Crecen en racimos, como si fuera un racimo de uvas gigantes. Obviamente si se cae una rama de esas... al dar contra el piso hace temblar el planeta.

Los atardeceres de San Andrés son una cosa maravillosa. El cielo se pone anaranjado y termina incendiándose en un rojo fulgurante que pinta tanto mar como palmeras y todo lo que toca. Da gusto sentarse en una roca para ver cómo cae el sol. Eso hacíamos con Pepa.

Cuando me levantaba me iba al mar a lavarme la cara y pasado el mediodía me gustaba tirarme dentro del agua tibia y transparente con la cabeza en una piedra a dormir la siesta. Nuestro baño en la choza que nos prestaba Pepa era una roca en medio del mar a la que se podía llegar caminando; nada más ecológico; dad al mar lo que es del mar. Pero estaba harto de tanta dolce farniente; me quería ir de la isla.

Pasaron muchas otras cosas en mi estancia de unos dos meses en San Andrés. Como conservo el pasaporte argentino que llevaba después lo voy a buscar para fijarme en las fechas. Estuve dos veces en la isla. La primera -siempre en barco- llegué desde Cartagena y salí hacia el puerto de Colón, Panamá, y la segunda viajé y regresé desde el puerto de Colón, todo en el año de 1971.

Este relato tendría que continuar con la segunda parte, la vinculada a mi encuentro en la isla con uno de los personajes más pintorescos que he conocido, el Sr. Carlos Raúl García, comandante de bomberos con el grado de capitán, Villa Carlos Paz, Córdoba, Argentina (tal su nombre entero) pero ya es tarde y quiero irme a dormir. MV


PD: cuando en 1959 Fidel sube al gobierno de Cuba cierra todos los hoteles turísticos, casinos y salones de prostitución que había para esparcimiento de los ciudadanos norteamericanos. Al terminarse Cuba como garito resultan beneficiados otros sitios, que toman el relevo. El principal fue Jamaica, y en menor medida le tocó su parte al archipiélago colombiano de San Andrés (islas de San Andrés y Providencia e islitas menores). Comenzaron entonces a florecer los Sheraton y demás cadenas de hoteles multinacionales. En 1971 había en la pequeña isla 5 lujosos casinos y todos los viernes aterrizaban uno tras otro los aviones que venían de Miami en viaje de media hora cargados de turistas yanquis; aviones que regresaban el domingo por la tarde o noche. Los fines de semana eso era Sodoma y Gomorra, estaba todo permitido y resultaba difícil encontrar a alguien que no estuviera en pedo o fumado.

PD: habitan la isla diversos pájaros y por sobre todo mucha variedad de cangrejos e iguanas y lagartos. Como el clima es todo el año tropical al mediodía se suele ver a los lagartos durmiendo la siesta sobre las rocas; algunos son enormes, de hasta dos metros de largo. El cangrejo grande tiene el cuerpo del tamaño de un plato playo de los nuestros (es enorme!) y los hay por millones. Pero los más apreciados para la gastronomía son unos pequeños de color rojizo que según dicen son afrodisíacos o al menos es lo que venden. Son los que preparaba Pepa a los turistas que yo le llevaba.

PD: fue durante uno de esos viajes, el último, de San Andréa a Colón en Panamá, una de las veces en que sentí temor a la muerte; es que la vi de cerca... Ibamos como piojos en costura en el Johnny Cay, un barco de carga atestado de cocos en sus bodegas y con la línea de flotación medio metro más arriba del agua cuando por la noche se empezó a levantar viento... al poco rato vi a los marineros -todos negros- correr por cubierta atando objetos y gritando a la gente que no saliera de sus lugares. Yo iba en popa en una especie de cajón abierto hacia el mar, como una piecita de tres paredes. El viento fue acrecentando y la cosa se empezó a poner cada vez más brava. Las olas eran gigantescas y la pequeña cáscara de nuez en que viajaba quedó a merced del viento y la lluvia torrencial. Era de noche y mirando hacia los costados veía reflejadas en el agua las luces del barco; eran olas como montañas que el barco trabajosamente trepaba de costado; al llevar arriba parecía que le sacaran la base de sustentación y se venía abajo en caida libre hasta pegar contra el piso de agua. En ese punto daba un fuerte golpe y hacía un "crack" en que parecía estar quebrándose al medio... Ay! mama mía... me acordaba de mi familia y sobre todo de mi perra la Fabiola que me estaba esperando en Wilde. Realmente creí que nos íbamos a pique y que iban mis huesos a dar en la panza de un tiburón. Finalmente y luego de una eternidad la tormenta comenzó a declinar. Al día siguiente le escuché decir a los marineros que zafamos de casualidad, que bien pudimos haber naufragado.


PD: rodean la isla una infinidad de delfines que cada vez que entra o sale un barco lo acompañan haciendo piruetas y dando un espectáculo de incomparable ballet marino. También hay peces voladores y en uno de esos cuatro viajes cayó uno dentro del barco y lo pudimos ver; es un pececito que tiene dos aletas muy largas de cada lado similares a las alas de una mosca. Toma impulso desde el agua hacia arriba, sale afuera, despliega las aletas/alas y empieza a planear sobre el agua llevado por el viento. Es muy bonito verlos aunque sin dudas se llevan la palma la increíble variedad de pececitos de colores que vas a ver por todos lados en el agua. Que tengas muy buen viaje: San Andrés te va a encantar. Mario
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